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22 de mayo de 2010

Pentecostés 2010


PENTECOSTÉS: 
LA GRAN FIESTA DE LA COMUNIÓN ECLESIAL


IVICON.- El presidente de la Confer, Elías Royón, ha publicado un mensaje con motivo de la festividad dePentecostés que se celebra el próximo domingo, 23 de mayo. En el mensaje,  se destaca la importancia de esta fiesta en la Iglesia, como fuente y revelación de su comunión.
Además, hace un llamamiento a la vida religiosa para, desde el don recibido, robustecer y profundizar las mutuas relaciones con nuestros Pastores y con otros grupos y movimientos eclesiales.
PARA LEER LA CARTA COMPLETA DE ELÍAS ROYÓN HAZ CLIC AQUÍ




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13 de mayo de 2010

Estamos al servicio de María...

" Estamos al servicio de María y habitamos en su casa,
sea, pues, santa nuestra vida..."
( Venerable Madre Úrsula )




VISITA AL SANTUARIO DE FÁTIMA


HOMILÍA DE SU SANTIDAD 




SOR LUCÍA DE FÁTIMA


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Busco Tu Rostro, Señor

Agradecemos a María Isabel, 
amiga de la Comunidad Teatina de Sevilla
la generosidad de compartir su experiencia de fe en Turin. 

"Cerco Il Tuo Volto, Signore-
 Busco Tu Rostro, Señor"
Crónica de María Isabel Ríos Monje ( Sevilla )





Desde pequeña he tenido dos deseos grabados a fuego en el corazón: visitar Tierra Santa y ver la Sábana Santa de Turín. Ambas las he realizado y ambas me han dejado huellas indelebles. La Santa Sindone, ha sido tradicionalmente considerada el lienzo que cubrió el Cuerpo de Nuestro Señor en el sepulcro, y testigo excepcional de su Resurrección sobre el que deja su impronta y su Sangre. La coronación de espinas, la flagelación, las huellas de los clavos en muñecas y pies, las rodillas y hombros magullados, el pómulo derecho hinchado y hasta la herida del costado, se convierten en un especial mirador a los relatos evangélicos de la Pasión.

Pasé muchas horas (la reserva sólo permite tres minutos, pero también se puede venerar un poco más atrás todo el tiempo que se desee) en oración, meditando sobre Su Pasión, y sobre mi vida. Si en Cuaresma me había dado la oportunidad de venerar la corona de espinas, en tiempo Pascual nada menos que me había regalado la de orar ante la Sábana Santa. Reflexioné cuanto significaba Él en mi vida, que era el núcleo de mi existencia, y en definitiva que Él era mi Todo. Los días que pasé en Turín sentí Su cercanía y, como no, también Su Ayuda sobre todo cuando el retorno a casa se presentaba tormentoso por la nube volcánica, y que logré en tiempo record utilizando 10 trenes y dos taxis, pero con el corazón alegre, muy lleno, y en paz.



La imagen de la Sindone es la de un hombre muerto en el que, a pesar de sus múltiples heridas y hasta de su corazón abierto, veo más la imagen de Su Resurrección. ¡Cristo Resucitado y Resucitador, el motor de nuestra fe! Cerco il Tuo Volto, Signore. Lo he encontrado.
María Isabel Ríos Monje
(Sevilla)









NOTA:En uno de los trayectos recibí un mensaje de una religiosa teatina (excuso su nombre,
no me vaya a tirar de las orejas) para darme ánimo, recuerdo que le contesté agradecida pero diciéndole que no se preocupara, pues volvía con el corazón vivo y muy lleno de paz.

10 de mayo de 2010

Preguntas y más preguntas...


¿ Habrá que decir basta...?

( artículo publicado en el blog de José Cristo Rey García Paredes: ECOLOGIA DEL ESPÍRITU )

Estamos en la cultura de las preguntas, los cuestionarios, las encuestas de opinión, los tests. A lo largo de nuestra vida nos vemos confrontados, en una ocasión u otra con preguntas a las que hemos de responder: a veces de repente, otras escarbando en la propia memoria, otras imaginando el futuro o dándole cuerpo a los sueños o a los miedos y desgracias…

Aunque uno es libre de responder o no a las preguntas, la verdad es que uno siente como una especie de imperativo interiorizado -al que no es fácil oponerse-; de ahí la sensación de un cierto acoso de interrogatorios, preguntas, cuestiones. Este acoso puede ser incluso sentido como un acoso a la intimidad, a los sentimientos más serios de la propia vida. Es verdad que el anonimato o la respuesta grupal quieren proteger la privacidad, pero uno se pregunta: ¿no nos estaremos extralimitando?
En medio de este contexto también nosotros, en la vida eclesial o religiosa, nos vemos frecuentemente interpelados por cuestionarios, preguntas, nos sentimos casi obligados a expresar nuestra opinión, nuestra vivencia, nuestra forma de pensar y actuar. Las baterías de preguntas no cesan. No importan la edad: tanto si eres joven, como de edad media, como de tercera edad. Se te preguntará cómo es tu experiencia de Dios, qué dificultades encuentras en tu vida espiritual, cuál es tu vivencia eucarística, qué bloqueos sientes ante la obediencia…. y otras cuestiones por el estilo. Luego se nos pide que respondamos a ello individual y comunitariamente.
Creo que estamos llegando a la obesidad del sistema. Se elaboran los documentos a base de preguntas, so capa de pedir la colaboración de todos. El sistema se vuelve agobiante. La falta de liderazgo de quienes debieran tener visión, la falta de sabiduría, la carencia de tiempos serios de reflexión, meditación y discerniento, nos lleva al imperio de lo obvio, al cumplimiento de ciertos objetivos sin someterlos a un serio examen de calidad. ¡Eso es lo que ustedes han dicho!, se dirá.
Pero entremos un poco en la cuestión. Hacer una pregunta puede ser una forma de encorsetar el pensamiento. Una pregunta puede bloquear la emergencia de auto-preguntas, de pensamientos más espontáneos y creativos. La pregunta puede asemejarse al capote rojo que el torero tiende al toro para que embista, pero que le ofusca ante el campo de visión de la plaza. Una pregunta nunca es inocente: es una forma de atraer la atención y de distraer. Las preguntas pueden convertirse en un “arma de distracción masiva”.
La pregunta puede convertirse también en una forma de control. Podríamos llegar a convertirnos para quienes nos formulan preguntas y cuestionarios en personas-respuesta. Suele ocurrir: no se le pueden hacer preguntas a quienes nos las hace. Ellos o ellas tienen el derecho de hacerlas: los demás de responderlas. Sin quererlo, quien pregunta se sitúa en un nivel superior. Se cree en el derecho de hacerlo y, probablemente, piense en que esa es la forma de hacer el bien. Pero no hay ordinariamente equidad entre quien tiene el derecho de preguntar y quien tiene el deber de responder. Quienes preguntan controlan a quienes responden. Es ésta la forma más sutil de control. Las bases de datos se van llenando con los datos aportados por quienes responden. Hoy estamos super-controlados en internet, en telefonía, en imágenes procedentes del espacio. Estamos en la sociedad del control, en aquella sociedad en la cual la intimidad, la privacidad, no es adecuadamente respetada.
questions
Antes, los maestros de vida espiritual nos aconsejaba llevar el examen particular, antes de la confesión nos pedían hacer examen de conciencia y nos facilitaban largos cuestionarios para responder y preparar la autoacusación, cada eucaristía había de iniciarse con un examen de conciencia y el día había de concluir con otro examen de conciencia. Luego en la teología de las postrimerías se hablaban del juicio particular y finalmente del juicio universal. Hubo un tiempo en que se pensó que semejantes métodos eran obsoletos y que había que entender al ser humano de forma más totalizante, más compleja, menos reductible a unas cuantas preguntas. Pero, cuál no fue mi sorpresa, al descubrir que los antiguos formularios para el examen particular, eran re-utilizados por algunos psicólogos para ir controlando la evolución de sus pacientes. Y cuál no sigue siendo mi sorpresa al ver esa forma usual, sutíl, de mantenernos en dependencia, controlados, que son las múltiples preguntas a las que hemos de responder en un momento u otro.
¿No hay otra forma de hacer las cosas? El asunto no se resuelve cambiando las preguntas en órdenes. También de esto tenemos una experiencia fatal. El asunto se resuelve, probablemente, generando contexto de alianza, es decir, de mutuo aprecio, mutua valoración, de diálogo. Y para ello hay que reconocer a otros, a los que no dirigen el derecho también a preguntar, a cuestionar. En el auténtico diálogo -no digo debate, ni lucha dialéctica- todos entran en la ecología de la pregunta y la respuesta, nadie controla a nadie, nadie se erige sobre nadie.
Finalmente, llega el momento en el cual hemos de confiar en la aparición de respuestas gratuitas, inmotivadas, a cuestiones que desde hace tiempo nos desafían. Hay que olvidarse del pelagianismo de las preguntas, para entrar en el diálogo de libertades, en el diálogo de los silencios, en la espera de la Gracia. Si soportamos el silencio,  probablemente descubriremos aquello que demasiados cuestionarios acaban por enterrar.
Cuando al final de un documento o de un texto se hacen preguntas, es posiuble que se considere al lector como alguien que está en un nivel inferior y necesita ser ayudado pedagógicamente. La pregunta la hace un superior a un inferior, un dominador a un dominado, un investigador a un investigado...


JOSE CRISTO REY GARCÍA PAREDES, CMF.

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9 de mayo de 2010

AMAR SIN EGOS Y SIN APEGOS...

" Sea el AMOR vuestra norma de VIDA..."
(Madre Úrsula)

La autoridad sin AMOR se vuelve tiranía.
El trabajo sin AMOR se vuelve esclavitud.
La amistad sin AMOR se vuelve engaño.
La oración sin AMOR se vuelve hipocresía.
El matrimonio sin AMOR se vuelve convivencia.
La limosna sin AMOR se vuelve asistencialismo.
El hogar sin AMOR se vuelve hotel.
La comunidad sin AMOR se vuelve asociación.
La educación sin AMOR se vuelve instrucción.
La justicia sin AMOR se vuelve rigorismo.
El éxito sin AMOR se vuelve arrogancia.
La obediencia sin AMOR se vuelve legalismo.
La fe sin AMOR se vuelve fanatismo.
La esperanza sin AMOR se vuelve utopía.
La riqueza sin AMOR se vuelve avaricia.
La política sin AMOR se vuelve corrupción.
La vida sin AMOR se vuelve algo sin sentido...

Gergorio Iriarte, omi

Publicado en Vida Religiosa
abril 2010


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8 de mayo de 2010

MI PAZ OS DEJO....


" Hijas mías, el Señor es Rey de Paz
y no descansa en un alma turbada ni enemistada con el prójimo..." 
 (ÚRSULA BENINCASA)


LA PAZ EN LA IGLESIA


En el evangelio de Juan podemos leer un conjunto de discursos en los que Jesús se va despidiendo de sus discípulos. Los comentaristas lo llaman "El Discurso de despedida". En él se respira una atmósfera muy especial: los discípulos tienen miedo a quedarse sin su Maestro; Jesús, por su parte, les insiste en que, a pesar de su partida, nunca sentirán su ausencia.

Hasta cinco veces les repite que podrán contar con «el Espíritu Santo».Él los defenderá, pues los mantendrá fieles a su mensaje y a su proyecto. Por eso lo llama «Espíritu de la verdad». En un momento determinado, Jesús les explica mejor cuál será su quehacer: «El Defensor, el Espíritu Santo... será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho». Este Espíritu será la memoria viva de Jesús.

El horizonte que ofrece a sus discípulos es grandioso. De Jesús nacerá un gran movimiento espiritual de discípulos y discípulas que le seguirán defendidos por el Espíritu Santo. Se mantendrán en su verdad, pues ese Espíritu les irá enseñando todo lo que Jesús les ha ido comunicando por los caminos de Galilea. Él los defenderá en el futuro de la turbación y de la cobardía.

Jesús desea que capten bien lo que significará para ellos el Espíritu de la verdad y Defensor de su comunidad: «Os estoy dejando la paz; os estoy dando la paz». No sólo les desea la paz. Les regala su paz. Si viven guiados por el Espíritu, recordando y guardando sus palabras, conocerán la paz.

No es una paz cualquiera. Es su paz. Por eso les dice: «No os la doy yo como la da el mundo». La paz de Jesús no se construye con estrategias inspiradas en la mentira o en la injusticia, sino actuando con el Espíritu de la verdad. Han de reafirmarse en él: «Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde».

En estos tiempos difíciles de desprestigio y turbación que estamos sufriendo en la Iglesia, sería un grave error pretender ahora defender nuestra credibilidad y autoridad moral actuando sin el Espíritu de la verdad prometido por Jesús. El miedo seguirá penetrando en el cristianismo si buscamos asentar nuestra seguridad y nuestra paz alejándonos del camino trazado por él.

Cuando en la Iglesia se pierde la paz, no es posible recuperarla de cualquier manera ni sirve cualquier estrategia. Con el corazón lleno de resentimiento y ceguera no es posible introducir la paz de Jesús. Es necesario convertirnos humildemente a su verdad, movilizar todas nuestras fuerzas para desandar caminos equivocados, y dejarnos guiar por el Espíritu que animó la vida entera de Jesús.


José Antonio Pagola
Publicado en www.feadulta.com 



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1 de mayo de 2010

A media mañana

“Tened por perdidos los momentos que paséis sin pensar en Dios...
guardad siempre su Presencia..."( Ven. Úrsula Benincasa )

"Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor.” (Jn 21, 4.12)

Los textos evangélicos no precisan a qué hora se encontró Jesús con los discípulos en el Cenáculo, ni con las mujeres a la vuelta del sepulcro, ni la hora del almuerzo en Tiberiades. Pero si calculamos las acciones que describe el Evangelio, desde que María Magdalena y otras mujeres van al sepulcro, vuelven al Cenáculo, y retornan al sepulcro, momento en el que María abraza los pies del Maestro; si, de igual modo, hacemos cuenta de cuando aparece Jesús a la orilla del Mar de Galilea, orienta a los apóstoles para que echen la red a la derecha, arrastran la red llena de peces, preparan el almuerzo y, a invitación de Jesús, comen el pescado y el pan, tendremos que concluir que estos acontecimientos sucedieron entrada ya la mañana.

La expresión “día nuevo”, “día octavo”, “último día”, se aplica sin duda al día de Pascua, al día de la Resurrección de Cristo, al dominio sobre la muerte. Las profecías tienen cumplimiento, “algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?” Jesucristo, con su claridad, ilumina todo el día, y si cabe mayor luz, es entrada la mañana cuando resplandece el sol sin ocaso.

Los discípulos consagraron esta hora subiendo al templo para orar. Es la hora dedicada al Espíritu Santo, don de Jesús resucitado, que infundió sobre sus Apóstoles en la mañana de Pascua y el día de Pentecostés. “Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños.” (Act 2, 14-17)

Es la hora del trabajo, el momento en el que pasó el Señor y miró a los que estaban parados: “Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo." (Mt 3, 4).

El que cree no vive hora vacía, huérfana de la presencia divina, pero a su vez sabe apoyarse en la sacramentalidad que le ofrece cada hora en referencia a la vida de Jesús, el Maestro. Y a media mañana no sólo tiene el posible descanso para tomar el bocadillo, sino que cabe recordar la hora en que Jesús invitó a los suyos a almorzar, y envió sobre los Apóstoles el Espíritu Santo, como tregua y vaso de agua en la fatiga.

¿Vives así la jornada?
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27 de abril de 2010

Comunicado de la CONFER sobre los abusos a menores

"El que recibe a un niño
en mi nombre, a mí me recibe.
El que escandaliza a uno de éstos que cree en mí,
más le valdría que le ataran al cuello
una piedra de molino y lo hundieran en el mar..."
(Mt 18, 5-6)

Comunicado de la Conferencia Española de Religiosos
sobre los abusos a menores.

Para acceder al documento completo
haz clic AQUÍ

26 de abril de 2010

Rompiendo fronteras...



En nuestra búsqueda y necesidad de sentirnos seguros, una de los medios más habitualmente usados ha sido establecer fronteras, barreras, separaciones, muros, lindes... Todo lo que sirva para marcar una distancia, una diferencia entre lo nuestro o lo mío y lo de los otros ha sido usado. Dentro de lo nuestro nos sentimos seguros. Lo otro, lo diferente, lo vemos como una amenaza. En casa nos podemos poner en zapatillas, hablamos nuestro idioma, comemos nuestra comida... Salir de casa significa aventurarnos en el terreno de lo desconocido –otras lenguas, otras costumbres, otras comidas, hasta otro sentido del humor–. No hay mucha diferencia entre nosotros y los animales, que también marcan su territorio con diversas señales para avisar a los otros de su especie de que entran en zona prohibida.


      Jesús, siempre rompiendo con lo cotidiano, con lo normal, rompió con esa forma de ser. Para él no existieron las fronteras. Ni siquiera tuvo una casa. Su vida se hizo en la calle y en los caminos. Su familia se abrió a la otra familia más amplia de sus amigos, de sus discípulos, de los que se iba encontrando por los caminos. Los pecadores, los marginados socialmente, encontraban también cerca de él un manto bajo el que acogerse. El Reino que predicaba era la casa de todos.

Entre los judíos y los gentiles

      A los discípulos no les resultó fácil entender en la práctica las consecuencias de aquella forma de hablar y de actuar de Jesús. De hecho, cuando comenzaron a predicar el Evangelio, la buena nueva de la salvación, se dirigieron preferentemente a los judíos. Ellos eran los portadores de la promesa. Para ellos era la buena nueva. Solamente el rechazo de estos los hizo darse cuenta de que el mensaje de Jesús tenía un alcance mayor del que ellos habían pensado. Descubrieron que la buena nueva de la salvación era para todos los hombres y mujeres de todo el mundo y de todos los tiempos. Entendieron que el amor de Dios que se había manifestado en Jesús era universal. Asumieron que la esperanza creada por la resurrección de Jesús era para todos. Sintieron la alegría de pertenecer a la familia de los hijos e hijas de Dios y se vieron llenos de alegría y del Espíritu Santo. 

      En adelante no tuvieron miedo de salir de su casa, de su cultura y de sus fronteras, de lo conocido y habitual –no hacía falta ser judío para ser cristiano–, para dirigirse a otros pueblos. Tuvieron que aprender lenguas y hacer el estómago a otros alimentos pero vieron que el Espíritu Santo traspasaba fronteras y que la esperanza brotaba en los corazones de los que les escuchaban con corazón sincero. Y que el Reino se extendía.
      La pequeña comunidad de los inicios se convirtió en aquella muchedumbre inmensa “de toda nación, raza, pueblo y lengua” reunida en la presencia del Cordero, de que habla la lectura del libro del Apocalipsis. Son los que han acogido el mensaje de la buena nueva, los que viven en la fe, la esperanza y el amor. Son la comunidad de los creyentes, los testigos del Reino. 

La tentación del gueto

      Esta comunidad, que somos nosotros, siempre tiene la tentación de volverse sobre sí misma. Casi sin darnos cuenta, volvemos a levantar muros y barreras que nos separen de los demás. Y los otros empiezan a ser vistos como una amenaza y, cuando señalan nuestros defectos y faltas, los vemos como enemigos que nos atacan. Cayendo en la antigua tentación, empezamos a defendernos, nos cerramos a cualquier crítica. Nos sentimos intimidados y tratamos de distinguir la conspiración que, sin duda, se ha levantado contra nosotros. 
     Nada más contrario al mensaje de Jesús. Siempre estuvo abierto a escuchar a todos. Nunca estableció barreras ni diferencias. Acogió a todos y con todos se sentó a comer. No le preocupó defenderse porque su única pasión fue proclamar el Reino. Su confianza en el Padre era total. Nadie le podía arrebatar a su gente porque era el mismo Padre el que se los había puesto en su mano. Por eso caminó sin miedo, sin necesidad de protección ni seguridad, sin sentirse amenazado. Hasta se enfrentó a la muerte con la confianza puesta en el Padre. Y éste no le decepcionó sino que le respondió resucitándolo de entre los muertos. 

      El Evangelio de este domingo nos invita a poner nuestra confianza en Dios. La misión confiada a la Iglesia –anunciar la buena nueva de la salvación– es más grande que ella misma. La Iglesia no tiene que perder tiempo en defenderse a sí misma –Jesús nunca lo hizo–. Lo nuestro es salir a la calle, ir más allá de las fronteras, hablar todos los lenguajes y proclamar el amor de Dios para todos. El rebaño de Jesús es un rebaño abierto. El mundo entero es nuestra casa y todos los hombres y mujeres son de los nuestros. 

Fernando Torres Pérez, CMF
Publicado en ciudadredonda.org

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20 de abril de 2010

Materiales para compartir



La experiencia creyente del apóstol Pedro
a la luz de la Resurrección del Señor
Un itinerario de conversión y seguimiento,
personal y comunitario, hacia el Dios de la Vida…


El pasado lunes, 19 de abril de 2010, en Roma,
las hermanas de la Casa General
tuvieron un día de retiro 
con el P.Juan Carlos Di Camillo, C.R.
Prepósito Provincial de Argentina.

Compartimos con los lectores del blog
los esquemas, presentaciones
y textos complementarios
que pueden ser de mucha ayuda
para un rato de oración 
o una jornada de retiro.


La experiencia creyente del apóstol Pedro


La experiencia creyente del apóstol Pedro _1_

MATERIAL COMPLEMENTARIO CLIC SOBRE EL TÍTULO:
"CONVERSIÓN Y SEGUIMIENTO" Segundo Galilea


15 de abril de 2010

La fidelidad y su enemigo...

 " Fiel amante es el Señor..."
( Ven. Úrsula Benincasa )


La fidelidad y su enemigo...
el " mal oscuro "
( acedia y pereza )
 José Cristo Rey Gª. Paredes, cmf

Soy testigo del quebrantamiento de muchas uniones que se prometían eternas y de la disolución de muchos compromisos que se juraron para siempre. Asistí al matrimonio en el que todos escuchamos emocionados las palabras: “… todos los días de mi vida”. Estuve en aquella profesión en que se decía: “… por un año”, o “… por toda mi vida”. Concelebré en aquella Eucaristía en que el joven presbítero acogió emocionado aquellas palabras del salmo: “Tú eres sacerdote para siempre”. Fui confidente de aquella amistad que era única y se pensaba ser ya suficientísima, o del amor de aquellos hermanos que se decían: “¡siempre unidos!

Pasado el tiempo –a veces “¡muy poco tiempo!”- vi cómo todo se derrumbaba. El “todos los días de mi vida” de la esposa o del esposo tenía una fecha de caducidad. El “por un año” de la primera profesión –celebrada a veces con excesiva solemnidad – apenas llegó a un mes. El “para siempre” de la profesión definitiva –cuya celebración parecía un desafío profético- concluyó con el año. El sacerdote “in aeternum” no logró cuajar, y al año, en unos casos, a los pocos años en otros, a la mitad de la vida en otros, o quiza en la madurez, concluyó su ministerio (celebración, predicación, servicio pastoral).

Lo más preocupante de todo es que la infidelidad llega a nosotros como una señal colectiva y, al parecer, propia de nuestro tiempo, de la era del movimiento. Da la impresión de que no tiene tan mala prensa y que encuentra comprensión por todas partes. Se aceptan los hechos consumados, pero no se alienta la creatividad en la fidelidad. Porque ser fiel es difícil, a veces, no pocas veces, muchas veces. La infidelidad acontece poco a poco, en forma latente. La ruptura se inicia con un pequeño roto que poco a poco se desgarra más, una pequeñísima disfunción, que poco a poco se agrava. Algunas fidelidades aparentes, están ya casi muertas por dentro: ¡infieles en el corazón! Sí, cualquiera de nosotros puede ser infiel. La acusación farisáica a los demás y el regodeo morboso de la prensa del corazón requeriría unas palabras como éstas: “el que esté sin pecado que tire la primera piedra”.

La fidelidad tiene un gran enemigo en la pereza, en la acedia. Es un freno constante a ella. La fidelidad requiere capacidad creadora, atención, detalle. La pereza hace morir la fidelidad. También tiene otro enemigo: la acedia, llamada también el “mal oscuro”: muchísimas personas la sienten, pero no sabían que éste es su nombre. Pereza y Acedia son dos aspectos contrapuestos de un solo proyecto: ¡destruir la fidelidad! Son los agentes de una guerra oscura, casi guerrilla que al final nos arrebata aquello que más hubiéramos deseado: ¡llegar a realizar aquel bello sueño primero!


¿Qué es la Pereza?

  
La Pereza es un pecado capital que:
  • nada tiene que ver con la dejadez
  • es, más bien, la permanencia en un rechazo de todo impulso hacia un cambio religioso-moral, o hacia la conversión y metánoia.
  • rechaza vivazmente o busca defender obstinadamente la propia inmovilidad, o se opone a toda reforma y renovación. 
  • en el fondo, desespera malévolamente y desconfía de que un nuevo comienzo o un nuevo punto de apoyo pueda aportanos algo. 
  • Con ello la pereza cierra cualquier camino hacia gracia, la salvación, la vocación.

Acedia o el “mal oscuro”

Gabriel Bunge, un monje de nuestro tiempo, lo denomina el “mal oscuro”. Acedia se puede traducir por tedio, ansiedad, aburrimiento, pereza, desánimo, disgusto, languidez, depresión, náusea. Evagrio lo llamó “demonio de medio día”. Hoy se llamaría “virus meridiano”. Ataca –no los viernes y trece-, sino en esos tiempos muertos, en que la gente sestea y baja sus defensas… como si se tratara del “medio día”.


Síntomas de infección son los sigueintes:

  • atonía,
  • pérdida de tensión en el alma,
  • sensación de vacío,
  • aburrimiento,
  • desgana,
  • incapacidad de concentración,
  • ansiedad del corazón.
Llega precedida de la “tristeza” y la “agresividad”: la tristeza surge de un deseo frustrado y, a partir de ahí, se enciende la ira o la agresividad.

Quien tiene el virus de la acedia manifiesta una cierta inquietud interior, que le lleva a desear el cambio, pero no el cambio que sería necesario, sino otro cambio mucho más superficial: ¡cambiar de casa, de trabajo, de amistades, de compañías! ¡Dejar inacabados los trabajos emprendidos! ¡Cambiar de aires! ¡Vagabundear!

La acedia se manifiesta también como temores a la enfermedad, otras veces como deseos de innovación -pero sólo como huida hacia adelante-.

Quien ha sido atacado por la acedia es, en el fondo, una persona que no se aguanta a sí misma, y, por eso, se evade.

La acedia se trasviste de virtud: ¡actividad incansable!, ¡agenda llena! Así se oculta el propio vacío interior. Todo se exagera. Después se ve: no hay amabilidad sino intolerancia, amargura y prisa…

Personas célibes con acedia acusan al celibato de su mal y ven en el cambio la solución. Personas casadas con acedia acusan al otro cónyuge y sueñan en el cambio que todo lo solucionará. La acedia se excusa. Culpa a todo lo exterior. No percibe que nace de dentro: de un amor desordenado a uno mismo. Un supervirus llamado por los antiguos “filo-autía” (amor de sí).

¡Antivirus contra el “mal oscuro”!

El que suele emplearse no sirve de nada: pospone el problema y lo agrava. Se llama “¡distráigase!”. Para ello está la industria de la diversión, de los viajes, evasiones y aventuras. Después se aumenta la dosis, porque una no basta.

Evagrio -un gran padre espiritual del monacato de los primeros siglos cristianos- encontró un antivirus. Se aplica de forma regular. Estos son sus pasos y consejos:

  • curar las malas raíces: trabaja por dominar tus deseos; aprende el arte del ayuno, de la reducción de necesidades; absorbe tu agresividad en el ejercicio del amor;
  • ser paciente: resiste y permanece donde estás, cuando la tentación es huir; pero ¡no con amargura y resentimiento!;
  • abrir el corazón a un padre o madre espiritual; en ese ámbito no es el padre quien hace al hijo, sino el hijo quien hace al padre; siéntete hijo;
  • hacerlo todo con cuidado y medida: haz las cosas a su tiempo;
  • si lloras ante Dios ya estás superando la acedia: se acerca la curación, porque la acedia es el peor enemigo de las lágrimas;
  • oponte al enemigo: no le dejes lugar;
  • haz el ejercicio de la muerte: piensa que todo acaba, que no puedes determinar tu futuro; que no merece la pena agobiarse por un futuro totalmente desconocido.

Pasado el antivirus, llega la paz, la serenidad y una alegría indecible. El hardware puede re-iniciarse y estrenar programas.

  
Cuidar la fidelidad creadora

  
Cuidar la fidelidad día a día es una tarea digna del ser humano:

  • La fidelidad perdona setenta veces siete.
  • La fidelidad se alimenta con la confianza.
  • Se enciende con el amor.
  • Se consolida con el diálogo, el encuentro.
  • Se robustece con el olvido de sí para diluirse…

 ¡Ven, Fidelidad, a nuestro tiempo! Eres la pizca de orden que nos queda en medio del torrencial vértigo de nuestro tiempo. Eres la roca que nos permite hacer pie cuando tantas cosas se desfondan. Tú, nos enseñas a reciclar y reutilizar todo lo que hemos vivido y tenemos. Tú nos haces cumplir todos los años de vida que nos han sido dados. Tú das sentido al para siempre, al siempre y al desde siempre.


La fidelidad nos hace vivir “centrados”. Vivir es moverse y constituirse en torno a un centro. Se encuentra un centro cuando uno haya su vocación y se compromete con ella. Desde ese centro la Vida organiza nuestra vida, la ordena, le da consistencia. La Vida es el Centro presente en todos los centros.

Pero ¡solo en mi pequeño centro, encuentro el Centro “para mí”! ¡Esa es mi vocación! Es normal que un “centro” nunca responda a todas mis expectativas. Lo que sí responde a ellas, es el horizonte al que “mi centro” me orienta: ¡el Centro de mi centro! “Las mejores amistades son aquellas que Dios aglutina”, decía san Agustín. “Los mejores centros, son aquellos que en Dios se centran”, diría yo. Descentrado no es quien no tiene centro, sino el quien abandona y elige otro, para lo mismo hacer mañana. Hay quienes se juegan todo en cada jugada. Alguien les preguntará un día, qué hicieron con los talentos recibidos.


¡Ven, Fidelidad, a nuestro tiempo! Dale verdad a nuestras palabras públicas y solemnes. Haz verdadera nuestra voz, auténticos nuestros gestos.

“Lo dijo y fue hecho”.

En la era del movimiento necesitamos una generación de mujeres y hombres “fieles hasta la muerte”.

En tiempos de fragmentariedad y descentramiento, necesitamos puntos de referencia, personas imágenes de aquel que dijo “Yo soy el que Soy” o “Yo soy el Amén”.

Es una gracia ser fiel. Pero hay que cultivarla y re-crearla día a día, como una planta, como el cuerpo que se entrena, como el funcionario que no falta a su trabajo, como el orante que no falla al encuentro con su Dios.

El que es fiel en lo poco, poco a poco se hace fiel en lo mucho. Pequeñas infidelidades son embajadoras de la gran Infidelidad.

En este siglo XXI ya hemos asistido a terribles actos de terror, guerras, muertes, catástrofes (tsunamis, terromotos), injusticias y empobrecimientos. Pero también ha habido muchos destrozos a causa de las historias de infidelidad.

¡Que acabe la infidelidad y llegue la Gracia!

Para descargar el archivo haz CLIC AQUÍ

PUBLICADO EN VIDA RELIGIOSA Y EN EL PORTAL http://www.ciudadredonda.org/


13 de abril de 2010

Fraternidad sin puntillas...

" Alegraos cada cual con el bien de las demás.
Que el sufrimiento de una afecte a todas
y que el de la comunidad
lo sienta cada una como propio...
Sed alegres y fraternas..."

( Ven. Úrsula Benincasa)


NADA CON PUNTILLAS: FRATERNIDAD EN CUEROS
LA LUCHA POR LA JUSTICIA
EN UNA CULTURA NIHILISTA
José Ignacio González Faus, s.j.


¿Cómo es posible que la verdadera dicha escasee tanto en nuestra civilización que, sin embargo, ha elevado a la humanidad muy por encima de todas las esperanzas y presentimientos de las generaciones precedentes? ¿No hemos superado mil y mil veces en nosotros al viejo Adán? ¿No somos acaso más semejantes a Dios que a él? ¿No oye la oreja gracias a la membrana telefónica, los sonidos que se emiten en los continentes más remotos? ¿No contempla el ojo, gracias al telescopio, el universo de miríadas de estrellas y, con ayuda del microscopio, todo el cosmos de una gota de agua? ¿No vence nuestra voz al espacio y al tiempo en un segundo? ¿No se burla de la eternidad, grabada en la placa de un fonógrafo? ¿No nos transporta con seguridad el avión a través del elemento vedado a los mortales durante milenios y milenios? ¿Por qué pues estas conquistas técnicas no apaciguan y satisfacen a nuestro yo más íntimo? ¿Por qué, pese a esa paridad con Dios, el alma humana no siente el verdadero júbilo de la victoria, sino únicamente el sentimiento aplastante de que no hacemos más que tomar prestados esos esplendores, de que no somos más que "dioses postizos"? ¿Cuál es la raíz de esta enfermedad del alma?

Stefan ZWEIG, Sigmund Freud. La curación por el espíritu, Barcelona,
Acantilado, 2006, cap. 8.

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8 de abril de 2010

Y tú, ¿de quién eres?


La Vida Consagrada comporta un pacto con los aspectos más duros de la existencia. También en la soledad. Abrazamos la configuración con Cristo, sabiendo que nos supera, conscientes de que lo nuestro es la tensión por caminar hacia… sin llegar a gustar que lo hemos logrado.

El corazón humano en contacto con Dios, se descubre necesitado y, no pocas veces, solo. Vamos aprendiendo a convivir con la soledad. La situamos, y los más maduros, la convierten en contexto de fecundidad, porque experimentan el corazón lleno de nombres.

El ambiente social nos habla frecuentemente de independencia y con la misma fuerza de encuentro. Nosotros mismos reivindicamos el encuentro, para descubrirnos profundamente independientes.  Se trata de aquello que han diagnosticado algunos autores: “nos encanta estar separados, pero juntos“.

No es ajena a esta tensión la vida consagrada. Tenemos buenas palabras referidas a un nosotros que, en realidad, pueden ser atributos de un “yo“ muy crecido.
Uno de nuestros pecados es aquel de las filias y las fobias. Tan viejo como nuevo; presente en la comunidad de los Hechos de los Apóstoles y en la comunidad del siglo XXI. ¿Estará hoy más crecido?

No deja de ser preocupante nuestro modo de argumentar o valorar dependiendo de quién lo proponga. Nuestra forma de afrontar la vida o una responsabilidad dependiendo de con quien… Nuestra alegría o desánimo, dependiendo de quién nos apoya o nos juzga… La disponibilidad plena, que es nuestra bandera de vida, está menguada con condiciones… porque “depende a quién perteneces”.

En el seno de las congregaciones y órdenes, sin verbalizarse, puede aparecer una pregunta que reduce a la mínima expresión el compromiso religioso: ¿tú, de quién eres? Cuando la respuesta es el nombre de una persona, un círculo de cierto poder, una ideología o un lugar… se hace muy difícil la verdad universal y católica que encierra la consagración. Conjugar dependencia de la misión con la independencia de cualquier presión, es signo de verdad y son pocos los que lo logran. Los consagrados tenemos un buen itinerario de configuración con Cristo: sabemos lo que tenemos que hacer. Todavía más, sabemos que en esa referencia a Él está la felicidad, la que queremos vivir y repartir. La distancia que hay entre lo que queremos y lo que vivimos, nace de los peajes que pagamos a las dependencias o a las medias verdades; a los buenismos y a los juicios inmisericordes. Son distancias que nos sobrevienen por la devaluación de los principios de comunión.

Las hermanas y hermanos que, además, tienen como misión el servicio de animación comunitario reciben en este tiempo un imperativo claro: CUIDAR DE LA DIGNIDAD DE LA PERSONA, DE TODA LA PERSONA CONSAGRADA (Cf. SAO, 13).

Como en tantos otros frentes, en este, también ser hijos de este tiempo nos lleva a no pocos reduccionismos, a gobernar para unos pocos, a escuchar sólo aquello que confirma mi idea, o a silenciar el sufrimiento de quien, por lo que sea, se siente desplazado. Este tiempo… nos pide ensanchar las tiendas, abrir el ministerio, hacernos plurales, acoger la verdad… pero no sólo para quienes somos, sino con quienes somos.
Entonces…. puedes preguntarte: ¿de quién soy?, ¿por quién decido?--- Y liberar tu respuesta de cualquier dependencia o prebenda, cualquier miedo o gratificación…. Si eres del Maestro, ofrecerás luz…”
Cfr. Luis A. Gonzalo Díez, CMF
Director de Vida Religiosa.





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