18 de diciembre de 2009

Competencia Navideña

Competencia Navideña
Dolores Aleixandre (*)


Competencia es una palabra de moda y el último grito en el lenguaje educativo. La definen como: “la capacidad de responder a demandas complejas” y la traigo a colación porque cada vez me convenzo más de que nos lo jugamos todo en la “competencia básica” de irnos pareciendo algo a ese Dios de quien, si algo sabemos, es de su poderosa corriente de aproximación y cercanía. Esa que nos alcanza en Jesús y nos hace felicitarnos en Navidad porque Él nos contacta y nos roza, conecta con nosotros, se nos pega, se inscribe en nuestro censo como uno de tantos, se apellida “Hijo del hombre” en su DNI, se mezcla con nuestros sudores, olores y lágrimas, con nuestra saliva, barro, sangre y sueños.



Se presentó en sociedad expuesto e indefenso sobre un pesebre, sin protección de tapias, alambradas o alarmas, y por eso pudieron acercársele aquellos pastores que apestaban a cabra y a humo sin que se lo impidieran carteles como los que hoy los detendrían: “Propiedad privada”,” Recinto sagrado”, “Prohibido el paso”, “Perro peligroso”, “Avisamos grúa”.


Ser cristiano consistiría en tratar de coincidir con Dios en ese “instinto básico” de simpatía incondicional ante todo lo humano: “Ha aparecido la bondad de nuestro Dios y su filantropía… no por méritos nuestros sino por sola su misericordia.” (Ti 3,4). La filantropía evoca una predisposición “por defecto” de estar a favor de cualquier persona, más allá de sus desvaríos, aciertos, descalabros, heroísmos o mezquindades, con esa mirada de infinito respeto y reverencia que comunican por ejemplo las fotos de Sebastiao Salgado o Gervasio Sánchez .


Doy vueltas a todo esto desde una parada de autobús, y me sobresalta de pronto darme cuenta de que estoy emparedada entre dos anuncios: CK a mi derecha y D&G a mi izquierda. Al mirarlos, se me frena en seco la “simpatía incondicional” y me invaden sentimientos de extrañeza, distancia y “ajenidad”, algo que los antiguos llamaban xenosía (de xenos, extranjero). Miro a sus modelos en posturas inverosímiles, poseíd@s de su belleza, adust@s y hermétic@s, haciendo visible la infelicidad y la estupidez del mundo que representan, ése que, encerrado en su burbuja, se cree el culmen de la civilización mientras impera en él la barbarie de la indiferencia ante lo ajeno. Y me encuentro de pronto presa de la xenosía en vez de la filantropía y escapando de las noticias que me lo recuerdan: huyo para no enterarme de los sueldos de futbolistas y banqueros, de las sobornías y corrupcionosis de los políticos, de la alta cosmética, de los vampiros y los góticos, de la “Trilogía de culto”, de los avatares afectivos de la duquesa de Alba, de las pantallas de plasma, la nouvelle cuisine y la pasarela Cibeles. Y de vivir todo eso bajo las guirnaldas de las calles que alumbran a miles de ciudadanos en paro que ya no pueden pagar la factura de la luz.


Intuyo que voy por mal camino y me agarro como a un salvavidas a la escena del nacimiento, a ver si descubro el secreto de reunir lo aparentemente inconciliable: luz y noche, gloria e intemperie, ángeles y pastores, cielo y tierra, himnos y silencio, Mesías y pañales. Miro a los curritos de siempre desplazándose a merced de un gobernante (¿con túnica a medida regalada como pago de algo?), y al posadero colgando el “Completo” en su puerta, lo mismo que nosotros en nuestras fronteras. Y en medio de todo eso, el anuncio asombroso de que Dios está de nuestra parte, le caemos divinamente, está encantado ser vecino nuestro y da por supuesta nuestra capacidad de cambiar. Y pienso ahora que la verdadera “competencia navideña” es la que nos capacita para vivir a la vez la filantropía y la xenosía, el embeleso y la indignación, la canción y la crítica, el realismo y la esperanza.

Y como nos resulta tan difícil de adquirir, el Evangelio nos señala a la mujer que, en medio de la noche, daba vueltas en su corazón a lo que estaba pasando, reunía lo disperso y concertaba lo discordante (Lc 2,19).


Santa María, Experta en Competencia Navideña, ruega por nosotros.


(*) Publicado en ALANDAR

MARÍA DE LA ESPERANZA....

" Todo el bien que poseemos nos llega a través de María "
( M. Úrsula Benincasa )



Viernes de la Tercera Semana de Adviento...

Este día, según el calendario mozárabe, se celebra la gran fiesta en honor de la Virgen en estado de buena esperanza, la llamada Virgen de la “O”, título que recibe por las antífonas que se cantan en el rezo de Vísperas, hasta Navidad.


Es posible, desde la lectura del Evangelio que hoy se proclama, reflexionar sobre los momentos difíciles que pudieron transcurrir entre José y María, y que se resolvieron en el máximo respeto mutuo, en el obsequio de la fe recíproca.

El tronco de Jesé florecido, el vástago legítimo que salvará a Judá tiene su cumplimiento en Nazaret, en la casa del artesano José, esposo de una joven nazarena, que se llamaba María.

En la iconografía josefina, al esposo de María, se le representa con vara florecida, atributo de bendición, y en memoria de la profecía de Jeremías.

El gesto emblemático del carpintero, de llevarse a casa a su mujer, nos muestra la actitud adecuada para estos próximos días. Cada uno puede, de manera especial, hacer un lugar para las benditas personas de María y José, a la espera del nacimiento del Hijo de Dios.

Con frecuencia, cuando pasamos por situaciones difíciles, sentimos la tentación de pensar que estamos abandonados de la mano de Dios. Al ver a la mujer más amada por Dios, y a José, su esposo, con el sufrimiento de la duda, deberemos sentir alivio, al comprender que la prueba no significa desamor.

En momentos de intemperie, a la vista del comportamiento de María y de José, el silencio, la escucha interior, la paciencia y la espera confiada, son recomendaciones sabias.



En las pruebas,
¿dudas del amor de Dios?
¿Eres ligero en tus juicios?
¿Has descubierto la sabiduría del silencio?

Que María, Madre de la Esperanza
nos abra el corazón
a los misterios del Señor que viene.

por Ángel Moreno de Buenafuente



17 de diciembre de 2009






15 de diciembre de 2009

RETIRO DE ADVIENTO

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RETIRO DE ADVIENTO - NAVIDAD

13 de diciembre de 2009

¡¡¡GAUDETE!!!

" Quiero que estéis alegres en el servicio de Dios
y que lo hagáis con gusto..."
( Ven. Úrsula Benincasa )



DOMINGO 3º DE ADVIENTO (C)

(Sof 3,14-18) Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo...
(Flp 4,4-7) Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.
(Lc 3,10-18) ¿Qué tenemos que hacer? Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.



INTRODUCCIÓN.- La primera palabra de la liturgia de este domingo, la antífona de entrada tomada de la segunda lectura, es una invitación a la alegría. Claro que esa alegría no se debe a que llega el turrón y los regalos, sino a que Dios es Emmanuel. Esa alegría, en el AT, está basada siempre en la salvación que va a llegar. Hoy estamos en condiciones de dar un paso más y descubrir que la salvación ha llegado ya porque Dios ya ha llegado, y con su venida a cada uno de nosotros, nos ha comunicado todo lo que el mismo es. No tenemos que estar alegres porque Dios está cerca, sino porque Dios está ya en nosotros.
La alegría es como el agua de una fuente, la vemos sólo cuando aparece en la superficie, pero antes ha recorrido un largo camino que nadie puede conocer, a través de las entrañas de la tierra. Como decíamos el domingo pasado de la paz, la alegría no es un objetivo a conseguir directamente. Es más bien la consecuencia de un estado de ánimo que se alcanza después de un proceso. Ese proceso empieza por el conocimiento, es decir una toma de conciencia de mi verdadero ser. Si descubro que Dios forma parte de mi ser, encontraré la absoluta seguridad dentro de mí. Las realidades que vienen de fuera, se presentarán como secundarias, frente a la realidad divina presente en lo hondo de mi ser.

CONTEXTO.- El evangelio continúa con la predicación de Juan Bautista. Hoy podemos ver mejor las coincidencias y las diferencias con Jesús. La conclusión a la que llega ambos, es la misma: preocuparse por los demás según la situación de cada uno. La motivación cambia radicalmente. Según Juan, hay que hacer todo eso para escapar del juicio de Dios. Para Jesús, hay que obrar así porque debemos responder a Dios que es amor y nos trata con total generosidad. Reconocer lo que Dios es para nosotros, nos obliga a ser como Él

EXPLICACIÓN.- ¿Qué tenemos que hacer? La pregunta es una prueba de la sinceridad de los que se acercan a Juan. Con cuatro pinceladas marca Juan la necesidad de cambiar la manera de pensar y de actuar. Tres versículos antes, llama ‘raza de víboras’ a los que cumplían escrupulosamente con los ritos y las leyes, pero se olvidaban completamente de los demás. Como Jesús, Juan no quiere saber nada de lo que se cocina en el templo ni del cumplimiento minucioso de las normas legales. La religiosidad que no llega a los demás no es la religiosidad que Dios quiere. En esto coincide totalmente con Jesús.
El Bautista, desde la perspectiva de una religiosidad judía, pide a los que le escuchan una determinada conducta moral para escapar al castigo de Dios. Esa conducta no se refiere al cumplimiento de normas legales, como hacían los fariseos, (esto es ya un avance sobre la religiosidad oficial) sino a manifestar la preocupación por los demás. En ningún caso hace alusión a la religión, lo que pide a todos es mejorar la convivencia humana.
El evangelio de Jesús propone una motivación distinta. El objetivo no es escapar a la ira de Dios sino imitarle en actitud de entrega. Jesús nos invita a descubrir el amor que es Dios dentro de nosotros y en consecuencia, dedicarnos a obrar conforme a las exigencias de esa presencia. Para el Bautista, la aceptación de Dios depende de lo que nosotros hagamos. El evangelio nos dice que la aceptación por parte de Dios es el punto de partida, no la meta. Seguir esperando la salvación de Dios, es la mejor prueba de que no la hemos descubierto dentro y seguimos anhelando que nos llegue de fuera.
El poblado estaba en expectación. Una bonita manera de indicar una actitud de espera que les saque de su situación angustiosa. Todos esperaban al ansiado Mesías y la pregunta que se hacen tiene pleno sentido. ¿No será Juan el Mesías? Muchos así lo creyeron, no solo cuando predicaba, sino también mucho después de su muerte. La explicación que da a continuación (yo no soy el Mesías) no es más que el reflejo de la preocupación de los evangelistas por poner al Bautista en su sitio; es decir, detrás de Jesús. Para ellos no hay discusión posible. Jesús es el Mesías. Juan es solo el precursor.




APLICACIÓN.- La seguridad de tener a Dios en mí, no depende de mi perfección. Es anterior a mi propia existencia y depende sólo de Él. El no tener esto claro nos hunde en la angustia y terminamos creyendo que sólo pueden ser felices los perfectos, porque sólo ellos tienen asegurado el amor de Dios. Con esta actitud estamos haciendo un dios a nuestra imagen y semejanza; estamos proyectando sobre Dios nuestra manera de proceder y nos alejamos de las enseñanzas del evangelio que nos dice exactamente lo contrario.
Dios no forma parte de mi ser para ponerse al servicio de mi contingencia, sino para arrastrar todo lo que soy, a la trascendencia. La vida espiritual no puede consistir en poner el poder de Dios de parte de nuestro falso ser, sino en dejarnos invadir por el ser de Dios y que él nos arrastre hacia el absoluto. La dinámica de nuestra religiosidad actual es absurda. Estamos dispuestos a hacer todos los “sacrificios” y “renuncias” que un falso dios nos exige, con tal de que después cumpla él los deseos de nuestro falso yo.
La verdad es que no hemos aceptado la encarnación ni en Jesús ni en nosotros. No nos interesa para nada el “Emmanuel” (Dios-con-nosotros), sino que Jesús sea Dios y que él, con su poder, potencie nuestro ego. Lo que nos dice la encarnación es que no hay nada que cambiar, Dios está ya en mí y esa realidad es lo más grande que puedo esperar. Si cambiara algo, tendría que ser necesariamente a peor; porque Dios nos ha dado ya lo mejor. Ésta tenía que ser la causa de nuestra alegría. Lo tengo ya todo. No tengo que alcanzar nada. No tengo que cambiar nada de mi verdadero ser. Tengo que descubrirlo y vivirlo. Mi falso ser se iría desvaneciendo y mi manera de actuar cambiaría. En Jesús lo hemos visto claro. Debemos descubrirlo también en nosotros.
Estamos engañados cuando esperamos encontrar la salvación en la satisfacción de deseos referidos a nuestro falso ser. Satisfacer las exigencias de los sentidos, los apetitos, las pasiones nos proporcionará placer, pero eso nada tiene que ver con la felicidad. En cuanto deje de dar al cuerpo lo que me pide, responderá con dolor y nos hundirá en la miseria. Removemos Roma con Santiago para que Dios no tenga más remedio que darnos la salvación que le pedimos. Muchos, en nombre de la religión, han puesto precio a esa salvación: si haces esto y dejas de hacer lo otro, tienes asegurada la salvación que deseas. Pensemos en una salvación material para el más acá o en una salvación para potenciar mi “ego” en el más allá, nos estamos engañando y estamos intentando lo imposible.
El reconocimiento de Dios, del que hablamos, no es racional ni discursivo, sino vivencial y de experiencia. Ésta es la mayor dificultad que encontramos en nuestro camino hacia la plenitud. Nuestra estructura mental cartesiana, no nos permite valorar otros modos de conocimiento. Estamos aprisionados en la racionalidad que se ha alzado con el santo y la limosna, y nos impide llegar al verdadero conocimiento de nosotros mismos. Así permanecemos engañados creyendo que somos lo que no somos. Pidiendo incluso a Dios, que potencie nuestro falso ser, porque creemos que ahí está nuestra salvación.
La alegría de la que habla la liturgia de hoy, no tiene nada que ver con la ausencia de problemas o con el placer que me puede dar la satisfacción de los sentidos. La alegría no es lo contrario al dolor o al sufrimiento. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro. Si fundamento mi alegría en que todo me salga a pedir de boca, estoy entrando en un callejón sin salida. Mi parte caduca y contingente termina fallando siempre. Si me empeño en apoyarme en esa parte de mi ser, el fracaso está asegurado. Cuando el dolor produce tristeza es que no lo estamos asumiendo desde la perspecti¬va de Jesús.
La respuesta que debemos dar hoy a la pregunta: ¿qué debemos hacer?, es muy simple: Compartir. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Tengo que adivinarlo yo. Ni siquiera la respuesta de Juan nos puede tranquilizar, pues en la realización de una serie de obras puede entrar en juego la programación y entonces nos tranquilizará solo en parte. No se trata de hacer esto o dejar de hacer lo otro, sino de fortalecer una actitud que me lleve en cada momento a responder a la necesidad concreta del otro que me necesita. Se trata de que desde el centro de mi ser, que es lo verdaderamente humano, fluya humanidad en todas las direcciones. Que todo mi ser se mueva desde la perspectiva del amor.
La salvación, hoy como ayer, consiste en un convencimiento vivencial de lo que significa ser humano. No alcanzaré mayor grado de humanidad por ponerme nuevos capisayos (obras buenas, oraciones…), sino por dejar que fluya, desde dentro, mi verdadero ser. No tengo que entrar en la dinámica de una programación para llegar a ser. Tengo que descubrir lo que soy para actuar como lo que realmente soy. Sólo sacando fuera lo que tengo dentro iré alcanzando paso a paso, mayores cotas de humanidad. Lo que hago tiene que ser una exigencia de lo que soy. El obrar sigue al ser, no al revés.





Meditación-contemplación

¿Puedes imaginarte a un Dios triste?
Sería un triste dios.
Si Dios es la alegría y está dentro de ti, ¿por qué estás triste?
Muy sencillo: Estás fuera de ti.
Si te afecta más lo que viene de fuera que lo que tienes dentro,
es que das más importancia a lo accidental que a lo esencial.
......................


Cambia la perspectiva.
No mires lo de dentro, desde lo de fuera.
Mira todo lo que te viene de fuera desde tu verdadero ser.
Nada ni nadie podrá arrebatarte la paz y la alegría.
.......................


Esa alegría que surge de dentro
Será como una llama que no puede extinguirse.
No sólo te calentará a ti, sino que dará luz a los demás.
Tu vida será, desde ahora, distinta.

P.Marcos Rodriguez OP






Música para orar y compartir...


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