1 de enero de 2010

UN AÑO NUEVO CON CORAZÓN...

«¡Feliz Año Nuevo!».




¿Cuántas veces lo hemos dicho, y cuántas nos faltan aún por decirlo? En la Nochevieja habremos levantado una copa para brindar, desear y pedir que el año 2010 sea un año feliz; al menos mejor que el pasado.
Al echar un vistazo al año que se fue caemos en la cuenta de que se ha prolongado la lista de guerras, represalias, venganzas, catástrofes, corrupciones y fraudes, enfermedades, que hemos estropeado un poco más este planeta; cada cual tiene su propia colección de sufrimientos y oscuridades, fracasos y desengaños, de proyectos no realizados, de cosas que quisimos cambiar y siguieron tozudamente como siempre.



¿Pesimistas? ¿Cansados? ¿Derrotados? ¿O más bien esperanzados?
Algo bueno habremos pasado también. En algo habremos crecido, alguna meta habremos alcanzado, alguna buena noticia nos habrá alegrado el corazón, alguna amistad nueva habrá comenzado, alguna sorpresa agradable habremos vivido... Si sólo nos fijamos en las malas noticias... los éxitos, las bendiciones y las alegrías parecen pequeños y frágiles.


Ojalá hayamos sido capaces de reconocerlos y agradecerlos.

Desde su pequeñez, María supo alegrarse, agradecer y alabar a Dios por todas las obras que Dios estaba haciendo en ella, por ella, con ella.
Esos buenos y sinceros deseos que nos brotan al tener delante la primera hoja del calendario, ¿son sólo sueños, fantasías, frases hechas? ¿Realmente en este nuevo año vamos a ser más felices nosotros y los que caminan a nuestro lado?


Quizá nuestra salud nos dé algún sobresalto, o tal vez la de algún ser querido, que puede que sea peor. La fragilidad humana nos hace temer algún disgusto o decepción de los que más nos quieren. Es casi seguro que yo mismo falle a alguien y no sepa estar a la altura de las circunstancias, que sigan activos algunos enfrentamientos y conflictos personales, que se repetirán las mismas manías en mi forma de ser, que no pocos de los problemas pendientes del año que se fue se habrán distribuido ya por los días aún sin estrenar.
Entonces, ¿tienen sentido esos brindis, esperanzas, y buenos deseos y propósitos?

Este año apenas estrenado no será más feliz porque los acontecimientos nos resulten favorables, sino porque miramos y sentimos las cosas desde el corazón de una manera nueva y favorable. La felicidad no está fuera, en lo que pasa o nos pasa... sino dentro, en mí mismo. No está en la salud, la suerte, el éxito o la riqueza, sino en el modo de situamos ante ellas, en lo que hacemos con cada cosa que nos viene. La felicidad, la paz del corazón, la ilusión, el equilibrio, el estar bien no dependen fundamentalmente de los otros, de lo otro sino de mí mismo, de lo que yo hago con todo eso, de cómo me tomo las cosas.



Nos ha dicho el Evangelio:
«María conservaba todo esto, meditándolo en su corazón».
Re-cordaba (pasaba por el corazón) y meditaba todo lo que iba ocurriendo ante sus ojos, tratando de aprender, de comprender, de dejarse afectar por lo que les ocurría a los demás. Era una mujer de profundidad, de corazón.

El corazón no es un álbum de fotos, para repasar de cuando en cuando con nostalgia, o acaso con rabia, sino un lugar para discernir, para separar y clarificar lo que es manantial de vida y lo que nos llena de muerte, el mal y bien; es el lugar para buscar y profundizar en el significado de todas las cosas: no todo vale, ni vale lo mismo para la vida del hombre y la gloria de Dios.

Es el lugar para preguntamos qué hacer con lo que nos duele, lo que nos desconcierta, lo que no responde a lo que esperábamos, qué decisiones tomar para conservar la serenidad, la fidelidad a nuestros valores y compromisos, para cambiar lo que depende de nosotros, para no dejarnos apresar por los acontecimientos, para afirmar lo que es importante e irrenunciable, para no perder el rumbo.

En el corazón tiene puesta su residencia el mismo Dios que es amor; somos su templo. Nos lo dejó escrito san Agustín: Dios está conmigo en lo más profundo de mi propio corazón.

El rostro de Dios se reconoce ahora en el ser humano, nacido de Mujer, bajo la ley, para estar más a nuestro alcance, para que lo comprendamos mejor, para que lo sintamos cercano, y para que nos hagamos cercanos unos a otros; se esconde en lo más profundo del hombre para que allí lo descubramos. En mí mismo, y en «cada otro».
Dios no tiene más que mirarnos el corazón para saber cómo estamos, y se deja mirar y descubrir con los ojos del corazón, aunque a veces las señales de su presencia sean tan enormemente sencillas y cotidianas: como un niño pobre, envuelto entre pañales, y con los brazos de sus padres como única cuna y abrigo.


Cuando le miramos desde el silencio del corazón, como nos enseñó su Madre, sentimos que nos deja una presencia discreta que nos transforma y alegra, que nos anima, fortalece y pacifica.


Por eso quiero invitaros hoy a que este sea un «año de corazón».


¡Qué distinto será todo si empezamos a comunicarnos «con el corazón en la mano»!,
¡Si ponemos todo el corazón en las pequeñas y grandes cosas que hacemos!
¡Si dejamos que los gestos de aquellos que nos quieren nos «lleguen» al corazón!
¡Si abrimos el corazón a quienes necesitan entrar en él!
¡Si nos encontramos a solas con nosotros mismos en el fondo del corazón!
¡Si guardamos las cosas en el corazón, y las meditamos en compañía de Dios!
¡Si dejamos que la miseria y el dolor de los otros resuene y encuentre respuesta en nuestro interior!
Aquí es donde está el secreto de la felicidad, de la paz, del amor que llena y hace feliz!

Por eso más que un «feliz año» os quiero desear un corazón como el de María, la Mujer fuerte, la Madre de Dios, para vivir cada momento, un corazón en el que quepa y esté a gusto Dios, porque «si Dios está con nosotros, ¿quién podrá con nosotros?». Cuando el corazón humano se limpia de basuras, hierbajos y pedruscos siempre acaba apareciendo el Rostro de Dios sonriendo, iluminando, protegiendo, creando comunión, haciendo posible que fructifiquen la paz, la justicia, la rectitud, la alegría... Cuando el corazón humano está atento y «guarda las cosas en él», se hace dócil a los gestos de Dios: he aquí la esclava del Señor. Y esa docilidad se convierte en fecundidad, y bendición: bendito el fruto de tu vientre. Cuando el corazón humano se deja iluminar por el Espíritu, descubrimos que no estamos solos y podemos decir: ¡Abbá!, ¡Madre! ¡Hermanos!

Enrique Martínez de la Lama, cmf

31 de diciembre de 2009

II Renovación de votos de Sor JULIA DÍAZ, religiosa teatina.

" El Señor os quiere siervas suyas
con una donación total..."
( M. Úrsula )



Queridas hermanas:

Con gran alegría hemos celebrado en nuestra Comunidad de Pinto (Madrid) la II Renovación de votos de nuestra hermana Julia. El pasado día 27 de diciembre, Fiesta de la Sagrada Familia, tuvimos la suerte de poder celebrar en nuestra casa una entrañable Eucaristía, en la cual Julia expresó su deseo de renovar por un año más su deseo de consagrarse al Señor.

Así comenzó la celebración:

(...) Nosotras somos familia de Dios. Una familia nacida del Espíritu y de la fidelidad de una mujer, Úrsula, empeñada en que los lazos que más fuertemente nos unieran fueran, por encima de todo, los del amor.

Y es en esta familia donde Julia va experimentando, paso a paso, que es posible la fraternidad, que es posible vivir el mandamiento del amor mutuo, y por tanto, la comunión trinitaria. Y es por ello que hoy se dispone a renovar su consagración al Señor apoyada en la fuerza renovadora y liberadora de la comunión.




Al final de la Eucaristía, Julia expresó esta acción de gracias :

Como Jesús, mis padres un día me llevaron al templo para que yo formara parte de la gran familia de Dios. Fue un momento especial, aunque yo no tengo conciencia de ello. Un tiempo más tarde, por obra del Espíritu Santo, fui yo quien me acerqué al templo para confirmar lo que habían hecho mis padres. Sin pensarlo, ese mismo día empecé un camino de búsqueda del Señor, un camino que me llevaría mucho más lejos de lo que yo hubiera imaginado en ese momento.



En este camino de búsqueda de Dios me he encontrado con muchas personas que han acrecentado mi fe, también cada una de ellas me han enseñado diferentes características de Jesús, diferentes formas de verlo, de sentirlo, de reconocerlo entre tanta gente, porque ellas hicieron crecer mi amor por ti.

Por eso hoy aquí Señor te doy gracias por cada una de esas personas que pusiste en mi camino:

- por esas personas que estuvieron y están afirmando este camino.
-por las que estuvieron y están animándome en la búsqueda.
-por aquellas que en el silencio han sabido aceptar mi decisión y no han puesto barreras en mi vida.
-por aquellas personas que se han alegrado conmigo.
-por todas aquellas personas con quienes he compartido aunque sea un minuto de mi vida, porque también a través de ellas me ha sabido hablar Dios.

Gracias por haberme mirado, por haberme llamado, porque creíste que podía ser algo más que una simple arcilla entre tus manos.

Desde nuestra Comunidad de Pinto, y especialmente desde el corazón de Julia, damos gracias a Dios por vuestras oraciones.

Un abrazo a todos y cada uno.



26 de diciembre de 2009

CIRCULAR DE NAVIDAD DE MADRE GENERAL

"La Navidad, queridas hermanas, viene hoy,
en este momento concreto,
con la invitación a recuperar al Dios presente entre nosotras
y para que, con renovada ilusión,
respondamos desde cada una a su mensaje de paz.
Esa paz que nace y se construye, día a día,
en lo cotidiano, en la donación,
en la armonía con nosotras mismas,
en el diálogo, en la escucha…
y que se solidifica en el amor. ..."

( Sor Francisca María Gil, Superiora General de las RR. Teatinas,
Carta de Navidad, Prot. Nº 29 / 09 )


Adjuntamos la CARTA DE MADRE GENERAL
con motivo de la NATIVIDAD DEL SEÑOR 2009.
Para descargarla hay que seguir
el mismo procedimiento que os hemos enviado por correo-e.
Gracias, Sor Victoria, por enviarnos los documentos.


CARTA DE MADRE GENERAL
EN ITALIANO

Circular Navidad2009 Italiano


CARTA DE MADRE GENERAL
EN ESPAÑOL

Carta de Navidad 2009español




CARTA DE MADRE GENERAL

EN PORTUGUÉS



Carta Navidad 2009PORTUGUES

25 de diciembre de 2009

Mensaje de Navidad: Benedicto XVI recuerda a los países del mundo que padecen dolorosas heridas de guerra y conflictos y a toda familia humana, marcada por la crisis económica y moral




Viernes, 25 dic (RV).- Benedicto XVI ha reafirmado hoy de nuevo, en la Solemnidad de la Navidad, su preocupación, y la de toda la Iglesia, por Tierra Santa, invitando a sus habitantes a abandonar la violencia y la venganza, por Honduras, donde es necesario retomar el camino institucional, y por toda Latinoamérica con un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral.

En el tradicional mensaje de Navidad, Benedicto XVI ha tenido recuerdos especiales para muchos países del mundo que padecen dolorosas heridas de guerra y conflictos, y dirigiéndose a la toda familia humana, profundamente marcada por una grave crisis económica, pero también de carácter moral, ha ofrecido la sincera presencia de la Iglesia, cuya fuerza es el Niño de belén que hoy ha nacido. Porque “donde quiera que haya un nosotros que acoge el amor de Dios, allí resplandece la luz de Cristo, incluso en las situaciones más difíciles”. Como María, ha dicho el Papa, la Iglesia ofrece al Niño a cuantos lo buscan con corazón sincero, a los humildes de la tierra y a los afligidos, a las víctimas de la violencia, a todos los que desean ardientemente el bien de la paz.



El «nosotros» de la Iglesia vive donde nació Jesús, en Tierra Santa, para invitar a sus habitantes a que abandonen toda lógica de violencia y venganza, y se comprometan con renovado vigor y generosidad en el camino hacia una convivencia pacífica. El «nosotros» de la Iglesia está presente en los demás Países del Medio Oriente. ¿Cómo no pensar en la borrascosa situación en Irak y en el aquel pequeño rebaño de cristianos que vive en aquella Región. Sufre a veces violencias e injusticias, pero está siempre dispuesto a dar su propia contribución a la edificación de la convivencia civil, opuesta a la lógica del enfrentamiento y del rechazo de quien está al lado”.



Recuerdo especial del Papa también para Sri Lanka, península coreana y Filipinas, y sobre todo el apoyo para el continente africano, donde “la Iglesia no deja de elevar su voz a Dios para implorar el fin de todo abuso en la República Democrática del Congo; invita a los ciudadanos de Guinea y del Níger al respeto de los derechos de toda persona y al diálogo; pide a los de Madagascar que superen las divisiones internas y se acojan mutuamente; recuerda a todos que están llamados a la esperanza, a pesar de los dramas, las pruebas y las dificultades que los siguen afligiendo



“En Europa y en América septentrional, el «nosotros» de la Iglesia impulsa a superar la mentalidad egoísta y tecnicista, a promover el bien común y a respetar a los más débiles, comenzando por los que aún no han nacido. En Honduras, ayuda a retomar el camino institucional; en toda Latinoamérica, el «nosotros» de la Iglesia es factor de identidad, plenitud de verdad y caridad que no puede ser reemplazado por ninguna ideología, un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral, anuncio de justicia y hermandad, fuente de unidad”.

El Papa ha asegurado la solidaridad de la Iglesia con los afectados por las calamidades naturales y por la pobreza, también en las sociedades opulentas. “Ante el éxodo de quienes emigran de su tierra y a causa del hambre, la intolerancia o el deterioro ambiental se ven forzados a marchar lejos, - ha subrayado el Santo padre- la Iglesia es una presencia que llama a la acogida”.

“La Verdad, como el Amor, que ella contiene, se enciende allí donde la luz es acogida, difundiéndose después en círculos concéntricos, casi por contacto, en los corazones y en las mentes de los que, abriéndose libremente a su resplandor, se convierten a su vez en fuentes de luz. Es la historia de la Iglesia que comienza su camino en la gruta pobre de Belén, y a través de los siglos se convierte en Pueblo y fuente de luz para la humanidad. También hoy, por medio de quienes van al encuentro del Niño Jesús, Dios sigue encendiendo fuegos en la noche del mundo, para llamar a los hombres a que reconozcan en Él el «signo» de su presencia salvadora y liberadora, extendiendo el «nosotros» de los creyentes en Cristo a toda la humanidad”.



Tras el mensaje Benedicto XVI felicitó las navidades en 65 lenguas e impartió la bendición Urbi et Orbi. Escuchemos la felicitación del Santo Padre en español.






MENSAJE COMPLETO



Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero,
y a todos vosotros, hombres y mujeres a quien Dios ama

«Lux fulgebit hodie super nos,

quia natus est nobis Dominus.

Hoy brillará una luz sobre nosotros,

porque nos ha nacido el Señor»

(Misal Romano, Natividad del Señor,
Misa de la aurora, Antífona de entrada).

La liturgia de la Misa de la aurora nos ha recordado que la noche ya pasó, el día está avanzado; la luz que proviene de la gruta de Belén resplandece sobre nosotros.

Pero la Biblia y la Liturgia no nos hablan de la luz natural, sino de una luz diferente, especial, de algún modo proyectada y orientada hacia un «nosotros», el mismo «nosotros» por el que el Niño de Belén «ha nacido». Este «nosotros» es la Iglesia, la gran familia universal de los creyentes en Cristo, que han aguardado con esperanza el nuevo nacimiento del Salvador, y hoy celebran en el misterio la perenne actualidad de este acontecimiento.

Al principio, en torno al pesebre de Belén, ese «nosotros» era casi invisible a los ojos de los hombres. Como nos dice el Evangelio de san Lucas, incluía, además de a María y José, a unos pocos sencillos pastores, que llegaron a la gruta avisados por los Ángeles. La luz de la primera Navidad fue como un fuego encendido en la noche. Todo alrededor estaba oscuro, mientras en la gruta resplandecía la luz verdadera «que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9). Y, no obstante, todo sucede con sencillez y en lo escondido, según el estilo con el que Dios actúa en toda la historia de la salvación. Dios quiere ir poniendo focos de luz concretos, para dar luego claridad hasta el horizonte. La Verdad, como el Amor, que ella contiene, se enciende allí donde la luz es acogida, difundiéndose después en círculos concéntricos, casi por contacto, en los corazones y en las mentes de los que, abriéndose libremente a su resplandor, se convierten a su vez en fuentes de luz. Es la historia de la Iglesia que comienza su camino en la gruta pobre de Belén, y a través de los siglos se convierte en Pueblo y fuente de luz para la humanidad. También hoy, por medio de quienes van al encuentro del Niño Jesús, Dios sigue encendiendo fuegos en la noche del mundo, para llamar a los hombres a que reconozcan en Él el «signo» de su presencia salvadora y liberadora, extendiendo el «nosotros» de los creyentes en Cristo a toda la humanidad.



Dondequiera que haya un «nosotros» que acoge el amor de Dios, allí resplandece la luz de Cristo, incluso en las situaciones más difíciles. La Iglesia, como la Virgen María, ofrece al mundo a Jesús, el Hijo que ella misma ha recibido como un don, y que ha venido para liberar al hombre de la esclavitud del pecado. Como María, la Iglesia no tiene miedo, porque aquel Niño es su fuerza. Pero no se lo guarda para sí: lo ofrece a cuantos lo buscan con corazón sincero, a los humildes de la tierra y a los afligidos, a las víctimas de la violencia, a todos los que desean ardientemente el bien de la paz. También hoy, dirigiéndose a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica, pero antes de nada de carácter moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos, la Iglesia repite con los pastores, queriendo compartir y ser fiel al hombre: «Vamos derechos a Belén» (Lc 2,15), allí encontraremos nuestra esperanza.

El «nosotros» de la Iglesia vive donde nació Jesús, en Tierra Santa, para invitar a sus habitantes a que abandonen toda lógica de violencia y venganza, y se comprometan con renovado vigor y generosidad en el camino hacia una convivencia pacífica. El «nosotros» de la Iglesia está presente en los demás Países del Medio Oriente. ¿Cómo no pensar en la borrascosa situación en Irak y en el aquel pequeño rebaño de cristianos que vive en aquella Región. Sufre a veces violencias e injusticias, pero está siempre dispuesto a dar su propia contribución a la edificación de la convivencia civil, opuesta a la lógica del enfrentamiento y del rechazo de quien está al lado. El «nosotros» de la Iglesia está activo en Sri Lanka, en la Península coreana y en Filipinas, como también en otras tierras asiáticas, como fermento de reconciliación y de paz. En el continente africano, no cesa de elevar su voz a Dios para implorar el fin de todo abuso en la República Democrática del Congo; invita a los ciudadanos de Guinea y del Níger al respeto de los derechos de toda persona y al diálogo; pide a los de Madagascar que superen las divisiones internas y se acojan mutuamente; recuerda a todos que están llamados a la esperanza, a pesar de los dramas, las pruebas y las dificultades que los siguen afligiendo. En Europa y en América septentrional, el «nosotros» de la Iglesia impulsa a superar la mentalidad egoísta y tecnicista, a promover el bien común y a respetar a los más débiles, comenzando por los que aún no han nacido. En Honduras, ayuda a retomar el camino institucional; en toda Latinoamérica, el «nosotros» de la Iglesia es factor de identidad, plenitud de verdad y caridad que no puede ser reemplazado por ninguna ideología, un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral, anuncio de justicia y hermandad, fuente de unidad.

Fiel al mandato de su Fundador, la Iglesia es solidaria con los afectados por las calamidades naturales y por la pobreza, también en las sociedades opulentas. Ante el éxodo de quienes emigran de su tierra y a causa del hambre, la intolerancia o el deterioro ambiental se ven forzados a marchar lejos, la Iglesia es una presencia que llama a la acogida. En una palabra, la Iglesia anuncia por doquier el Evangelio de Cristo, no obstante las persecuciones, las discriminaciones, los ataques y la indiferencia, a veces hostil, que más bien le permiten compartir la suerte de su Maestro y Señor.


Queridos hermanos y hermanas, qué gran don es formar parte de una comunión que es para todos. Es la comunión de la Santísima Trinidad, de cuyo corazón ha descendido al mundo el Enmanuel, Jesús, Dios-con-nosotros. Como los pastores de Belén, contemplemos embargados de maravilla y gratitud este misterio de amor y luz. Feliz Navidad a todos.



SS. Benedicto XVI

Música para orar y compartir...


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