4 de mayo de 2010

Nuestra Señora de la Fidelidad


" Amad a Nuestra Señora, respetadla y sedle agradecidas..." (M.Úrsula) 


Fernando Sebastián, cmf (Publicado en el sitio www.ciudadredonda.org)
    Con frecuencia ocurre que tenemos una visión corta, demasiado simplista, de las cosas de nuestra fe y de nuestra religión. Conservamos, demasiado cómodamente, nuestras ideas de la infancia y con ellas vivimos, porque despiertan en nosotros mucho afecto, mucha confianza. y este mismo excesivo simplismo nos ocurre también al formamos una idea de la vida de la Virgen María. La vemos tan santa, tan hermosa, tan radiante, que no pensamos que la Virgen tuvo también su itinerario de fe. Ella tuvo que superar dificultades, y esforzarse, y responder, cada día, a llamadas más exigentes de Dios. Pensar así, nos la hace más cercana, más real, más verdadera, más estimulante para nosotros. 

María, mujer creyente

    El Concilio Vaticano II nos habla del itinerario del la fe y de la vida espiritual de la Virgen María. Ciertamente la Virgen no tuvo que crecer en santidad. Era santa, plenamente santa, desde el principio; pero sí que su santidad, su manera de ser santa, tuvo que crecer en complejidad, en clarificación, en descubrimientos que le exigían nuevos esfuerzos en el mantenimiento de aquella promesa inicial que le guió toda su vida: 

    "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". Ella es la primera discípula de Jesús. Podemos decir que es la primera santa, la totalmente santa del Nuevo Testamento, de la Iglesia de Jesús. 

    No tiene nada de particular que encontrara cosas nuevas. Su corazón estaba pegado amorosamente, dócilmente, absolutamente pegado y plegado al corazón y la vida de su hijo. Pero la sorprendió cuando le dice llena de amor: "Pero, hijo, ¿por qué has hecho esas cosas? Tu padre y yo te hemos estado buscando" y Jesús responde: 

    "Yo tengo que ocuparme en las cosas de mi Padre". Con lo cual, la Virgen amorosamente recibe una lección: tienes que ponerte en tu sitio; eres mi madre, pero yo tengo que obedecer a la misión que he recibido de mi Padre. ¿Quién podría escuchar mejor los latidos de la Palabra de Dios, que es Jesús, que su propia Madre? 

    La Virgen María vivía rodeada de gente, de parientes que no creían en Jesús, que pensaban que estaba desvariando, que llegaron a salir para ver de recogerlo y traérselo a casa porque se avergonzaban de él, pensaban que había perdido la razón, que estaba loco. Cuánto sufriría la Virgen al oír estos comentarios en su propia familia. Es más, arrastrada por las leyes de las familias, tuvo que ir con ellos, y así el recado que le mandan a Jesús es: "Tu madre y tus hermanos, tus parientes, te buscan". 

    No lo tuvo fácil la Virgen María para crecer en su fidelidad, sobrepasando todos los obstáculos de la vida real. Estaba llena del Espíritu Santo, estaba llena de amor. Por eso podemos ver reflejada la vida de la Virgen en ese capítulo maravilloso de los Evangelios que se llama el Sermón de la Montaña. 

Y, por eso, mujer bienaventurada

    Bienaventurados los pobres, bienaventurados los que buscan la justicia, bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados los perseguidos. ¿Quién mejor que Jesús está cumpliendo estas bienaventuranzas, feliz, dichoso, en medio de todas estas circunstancias? Y, en segundo lugar, la Virgen María. 

    Bienaventurada la Virgen María por ser pobre de espíritu. Los pobres de espíritu, los pobres del evangelio, no son simplemente los pobres económicos sino que son los pobres de corazón. Para ser pobre de espíritu hay que ser pobre, saberse pobre y aceptarse pobre. El que es pobre de espíritu es pobre también de bienes materiales. El que es pobre de bienes materiales no siempre es pobre de espíritu; puede ser ambicioso, rencoroso, muchas cosas. Bienaventurada la Virgen María, por ser pobre de espíritu y poner su confianza total en Dios 

    Bienaventurada la Virgen María por tener hambre y sed de justicia. Pero no la justicia humana, que reparten los tribunales, sino la justicia de Dios. Hambre y sed de la justicia del corazón que nos viene de Dios, que nos hace justos y nos hace actuar justamente en la vida privada y en la vida pública. Bienaventurada la Virgen María porque tenía hambre y sed de esta justicia: para ella, para su pueblo, para el mundo entero. 

    Bienaventurada la Virgen María porque era misericordiosa, buscaba la paz, porque tuvo que sufrir las persecuciones que padecía su propio hijo. Y esta Virgen bienaventurada es la primicia de la Iglesia, es la iniciadora de la Iglesia, es el corazón de la Iglesia, el prestigio de la Iglesia. Ella, además de hacer nacer a Jesús, en su propia vida ha hecho nacer la Iglesia de Jesús, la nueva manera de ser persona, a partir de los ejemplos de Jesús. Por eso es maestra y madre. 

Dos peligros al acecho

    Ante esta maravilla de la santidad de la Virgen María, dos peligros tenemos: uno, el de la inseguridad. Hay muchos cristianos que siguen siendo cristianos "por si acaso", pero su fe, por dentro, se ha roto. Nuestra fe cristiana ha de ser una fe sin vuelta de hoja, sin discusión, a muerte, sin dudas, sin condescendencias. Sólo esa fe hace justicia a la bondad de Dios con nosotros. No importa que nos vengan dudas. Nuestras dudas no tienen importancia, lo que tiene importancia es decir: yo, en mi vida, siempre al lado de nuestro Señor Jesucristo, de la Iglesia de Jesús, de la ley santa de Dios, de la esperanza de la vida eterna. 

    Segundo: la increencia. Como lo que se lleva es presumir de agnóstico, pues yo me paso también al bando de los agnósticos. Ha habido muchos cristianos, que, tristemente, han desertado de la Iglesia. Tenemos que hacer el compromiso más firme de ser totalmente fieles, como la Virgen María, a nuestro Señor Jesucristo; en los tiempos de brillantez y en los tiempos de oscuridad; yen los tiempos de oscuridad, con más razón. 

    Digan lo que digan, con nuestra vida personal, con la vida de las familias, con la generosidad, con la misericordia, con el esplendor de la vida cristiana bien vivida, tenemos que demostrar que la verdad, que la esperanza, la bienaventuranza y la felicidad verdadera del corazón están en el reconocimiento y en la adoración de Dios que es nuestro Padre. ¿Quién puede inventar una humanidad mejor que la que ha inventado Dios, tal como nos la ha manifestado en Jesús y en la Virgen María? 

    La fórmula que yo os recomiendo es leer con los ojos, como si estuviera la Virgen María sentada a vuestro lado -como hacía nuestra madre, cuando éramos pequeños enseñándonos a leer con ella las Bienaventuranzas, para ver la hermosura que destilan esas palabras de Jesús: la piedad, la confianza en Dios, la oración, la religión verdadera del corazón, el amor al prójimo, el perdón, la misericordia. Esto es aprender con María, creer con María, rezar con María, asomarnos con María a los misterios de la vida de Jesús, vivir con María nuestra fe cristiana, pasar de un cristianismo en retirada a un cristianismo de presencia, de confesión, de testimonio, de aspiraciones, de entusiasmo, de santidad, de diligencia, de entrega hasta la Última gota de nuestra sangre, la Última fuerza de nuestras energías. 

    Hay que avivar las brasas para brillar más en nuestro mundo, para despertar la inquietud, para atraer a la gente de buena voluntad al reconocimiento de nuestro Señor Jesucristo, de manos de la Virgen. No nos faltará su ayuda y su bendición.

3 de mayo de 2010

María, Madre y Maestra...



Autor: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net
María, eres mi madre y mi maestra
Meditaciones mes de Mayo. Es María Santísima quien me abre la puerta del Corazón de Jesús, quien me enseña a amarlo.
 
¡Oh, María, no sólo eres mi madre, sino también mi maestra, y quiero ser una obra maestra en tus manos! Alfarera divina, estoy ante ti como un cantarillo roto, pero con mi mismo barro puedes hacer otro a tu gusto. ¡Hazlo! Toma mi barro, el barro de mis dificultades, de mis problemas, de mis defectos, de mis pecados. Toma ese barro, ese barro que se ha deshecho tantas veces por obra de Satanás, del mundo, de las tentaciones, de la carne, y construye otro cantarillo nuevo, mejor que el del principio. Quiero ser santo en tu escuela, María; quiero ser un gran sacerdote en tu escuela, quiero ser un gran apóstol en tu escuela, María de Nazaret.

Quiero, en la escuela de María de Nazaret, aprender el arte de vivir. Maestra, sobre todo, del amor a Jesús. Si en algo ella ha sido maestra, ha sido en el amor. Por eso, si es el amor el que nos va a salvar, el único que nos va a salvar, nos importa ir a esa escuela donde hay una maestra sublime, excelsa, en el arte, precisamente, de amar. Ninguna criatura ha amado tanto, y tan bien como María, a Dios. Ninguna criatura ha amado y ama a los hombres como Ella, porque es su Madre. Por tanto, Ella es la persona que mejor nos puede enseñar a nosotros a amar.

Se es fiel, sólo por amor. Se es auténticamente feliz, sólo en el amor. Se es idéntico, sólo amando. Si esto es verdad, la gran fuerza, la única fuerza, capaz de arrancarnos de nuestro egoísmo y lanzarnos hacia Dios y hacia nuestros hermanos, es el amor. Pues bien, María de Nazaret tiene una escuela de amor. Es una maestra insigne, y a nosotros, sus hijos predilectos, nadie mejor que Ella nos puede enseñar el amor.

María, se ha dicho, es el camino más corto y más hermoso para llegar a Jesús. El camino más fácil para conocer al Hijo es el corazón de su Madre. Yo tendré un santo orgullo en decir que fue María Santísima quien me abrió la puerta del Corazón de Jesús. Quien me enseñó a amarlo.

Decía San Pablo, también, "¿Quién me arrancará del amor a Cristo?" Yo quiero decir lo mismo, pero añadir también estas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a mi Madre?.” Un santo decía:” "Creo en mi nada unida a Cristo". Yo también quiero decirlo: “Creo en mi nada unida a Cristo.” Pero también quiero decir: "creo en mi nada unida a María Santísima".

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1 de mayo de 2010

A media mañana

“Tened por perdidos los momentos que paséis sin pensar en Dios...
guardad siempre su Presencia..."( Ven. Úrsula Benincasa )

"Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor.” (Jn 21, 4.12)

Los textos evangélicos no precisan a qué hora se encontró Jesús con los discípulos en el Cenáculo, ni con las mujeres a la vuelta del sepulcro, ni la hora del almuerzo en Tiberiades. Pero si calculamos las acciones que describe el Evangelio, desde que María Magdalena y otras mujeres van al sepulcro, vuelven al Cenáculo, y retornan al sepulcro, momento en el que María abraza los pies del Maestro; si, de igual modo, hacemos cuenta de cuando aparece Jesús a la orilla del Mar de Galilea, orienta a los apóstoles para que echen la red a la derecha, arrastran la red llena de peces, preparan el almuerzo y, a invitación de Jesús, comen el pescado y el pan, tendremos que concluir que estos acontecimientos sucedieron entrada ya la mañana.

La expresión “día nuevo”, “día octavo”, “último día”, se aplica sin duda al día de Pascua, al día de la Resurrección de Cristo, al dominio sobre la muerte. Las profecías tienen cumplimiento, “algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis?” Jesucristo, con su claridad, ilumina todo el día, y si cabe mayor luz, es entrada la mañana cuando resplandece el sol sin ocaso.

Los discípulos consagraron esta hora subiendo al templo para orar. Es la hora dedicada al Espíritu Santo, don de Jesús resucitado, que infundió sobre sus Apóstoles en la mañana de Pascua y el día de Pentecostés. “Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo: «Judíos y habitantes todos de Jerusalén: Que os quede esto bien claro y prestad atención a mis palabras: No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta: Sucederá en los últimos días, dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños.” (Act 2, 14-17)

Es la hora del trabajo, el momento en el que pasó el Señor y miró a los que estaban parados: “Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo." (Mt 3, 4).

El que cree no vive hora vacía, huérfana de la presencia divina, pero a su vez sabe apoyarse en la sacramentalidad que le ofrece cada hora en referencia a la vida de Jesús, el Maestro. Y a media mañana no sólo tiene el posible descanso para tomar el bocadillo, sino que cabe recordar la hora en que Jesús invitó a los suyos a almorzar, y envió sobre los Apóstoles el Espíritu Santo, como tregua y vaso de agua en la fatiga.

¿Vives así la jornada?
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27 de abril de 2010

Comunicado de la CONFER sobre los abusos a menores

"El que recibe a un niño
en mi nombre, a mí me recibe.
El que escandaliza a uno de éstos que cree en mí,
más le valdría que le ataran al cuello
una piedra de molino y lo hundieran en el mar..."
(Mt 18, 5-6)

Comunicado de la Conferencia Española de Religiosos
sobre los abusos a menores.

Para acceder al documento completo
haz clic AQUÍ

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