11 de enero de 2010

Plegaria en un día de invierno...

" En la contemplación de la naturaleza
el alma se eleva a Dios , su Creador..."
( Madre Úrsula )


( Gracias, Comunidad de Pinto, por compartir esta foto
hecha en el patio del cole, hoy 11 de enero de 2010,
después de una noche de intensa nevada )

Oración del invierno



Alabado seas, mi Señor,
por el invierno que nos lleva al recogimiento.
El invierno es frío, pero favorece la intimidad;
es nieve, pero favorece la compañía acogedora.
Perdón por ser tan superficiales y tan poco profundos,
por vivir tan distraídos y tan poco atentos
a las gracias y mociones de tu Espíritu.
Perdón por la poca intimidad
y el escaso cultivo de la vida espiritual y fraterna.
Te suplicamos que no te desanimes con nosotros
cuando nos olvidamos de ti, satisfechos
y arropados por nuestras pobres conquistas.
Perdónanos aunque sonriamos
ante nuestras fastuosas infantilidades.

Te prometemos estar más atentos a tu Presencia
en la historia del mundo y en nuestra vida particular.
Viviremos más en sintonía contigo,
más llenos de tu energía,
pues eres el huésped
más querido de nuestros corazones.

Y prometemos cuidar mejor de los pobres,
tus predilectos,
para que no sufran tanto
con los rigores del invierno.

Nos preocuparemos, también,
de los que sufren el frío
de la soledad y del desamor.
Nuestra presencia junto a ellos
será una expresión de nuestra atención
a tu Presencia cálida en nuestras vidas.

En alabanza a Cristo. Amén.


(*) El texto está tomado de internet, de autor desconocido.
La fotografía nos la ha enviado Sor Rebeca, aprovechando
la nevada que cae en estos momentos sobre Pinto ( Madrid )


Si te gusta la fotografia y tienes tiempo como para pasar un rato en contemplación,
no te pierdas la obra del fotógrafo ANTONIO MÁS
Clic en

9 de enero de 2010

Bautismo del Señor

“Vivir nuestro Bautismo” (*)
Carta de Mons. Juan José Asenjo



Celebramos en este domingo la fiesta del Bautismo del Señor, acontecimiento que cierra la vida oculta e inaugura su vida pública. Ya desde los primeros siglos, la liturgia oriental celebraba con gran solemnidad este hecho importante de la vida de Jesús. En la Iglesia latina, sin embargo, era simplemente un aspecto más de la solemnidad de la Epifanía. La liturgia romana hubo de esperar a la reforma del Vaticano II, que crea esta fiesta, situándola en el primer domingo después de Epifanía, dándonos a entender que es como una prolongación de aquella, es decir, una de las grandes manifestaciones del Señor al mundo.

Los signos del cielo que tuvieron lugar en aquel momento transcendental de la vida de Jesús debieron impresionar de tal modo a los testigos del acontecimiento que los cuatro evangelistas lo narran. Por otra parte, la teofanía maravillosa en la que el Padre declara que Jesús es el Hijo amado, el predilecto, mientras el Espíritu Santo unge a Jesús en el comienzo de su ministerio público, es la prueba más palmaria de su mesianidad y el más seguro refrendo de su divinidad. El relato del Bautismo del Señor es además para la Iglesia primitiva la mejor catequesis sobre el significado del bautismo cristiano.

Efectivamente, la fiesta del Bautismo del Señor evoca el día de nuestro bautismo, el día más importante de nuestra vida, aquella fecha magnífica que todos deberíamos conocer y celebrar más incluso que el día de nuestro nacimiento físico. En aquel día grandioso fuimos purificados del pecado original y lo que es más importante, fuimos consagrados a la Santísima Trinidad, que vino a morar en nuestros corazones. En aquel día memorable recibimos el don de la gracia santificante, el mayor tesoro que nos es dado poseer en esta vida. Es la vida divina en nosotros, que nos permite formar parte de la familia de Dios como hijos bienamados del Padre, hermanos del Hijo y ungidos por el Espíritu. En aquel día fuimos incorporados al misterio pascual de Cristo muerto y resucitado, sacerdote, profeta y rey, y en consecuencia, recibimos una participación de su sacerdocio real y de su condición de profeta, que nos habilitó y destinó al culto, a ofrecer sacrificios gratos a Dios por Jesucristo, y a testimoniarlo con obras y palabras. Al mismo tiempo, al incorporarnos a Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico, quedamos incorporados a la Iglesia, la porción más valiosa de la humanidad, la Iglesia de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, la Iglesia de los héroes y los santos, que han dado la vida por Jesús y que nos estimulan con su ejemplo en nuestro caminar.

El recuerdo de nuestro bautismo en esta fiesta del Bautismo del Señor hace brotar en nosotros un primer sentimiento: la gratitud al Señor que permitió que naciéramos en un país cristiano y en el seno de una familia cristiana, que en los primeros días de nuestra vida pidió para nosotros a la Iglesia la gracia del bautismo.

Una segunda actitud es el gozo. Hemos de recordar ese día transcendental en nuestra vida con una profunda alegría interior. Un tercer sentimiento debe ser la responsabilidad. De ahí las preguntas que en esta fiesta todos nos debemos formular en la  intimidad de nuestros corazones: ¿El bautismo es algo vivo, actual, que compromete mi vida de cada día o es el mero recuerdo de un suceso del pasado? ¿Vivo con confianza y alegría mi condición de hijo de Dios, Padre bueno y providente, que se preocupa de mí y me mira con ternura? ¿Mi vida está organizada como una respuesta a la alianza que sellé con el Señor en aquella fecha memorable? ¿Soy consciente de que la gracia santificante es un tesoro que debo cuidar cada día? ¿Cultivo la amistad y la intimidad con el Señor? ¿Vivo con hondura la fraternidad, con la conciencia de que mis semejantes son también hijos de Dios y hermanos míos? ¿Vivo con gratitud, con amor y con orgullo mi pertenencia a la Iglesia, hogar cálido y mesa familiar que me acoge y acompaña en mi vida de fe?

Termino ya recordándoos que aspirar con todas nuestras fuerzas a la santidad es la exigencia más radical de nuestro bautismo, en el que fuimos constituidos como verdaderos hijos de Dios, partícipes de la divina naturaleza y, por lo mismo, realmente santos, con la santidad que los teólogos llaman ontológica, llamada a completarse con la santidad moral, que debe ser nuestro único proyecto vital.

Dios quiera que la fiesta del Bautismo de Jesús signifique en nuestras vidas aquello que pedimos al Señor en la oración colecta de este día: “Concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y del Espíritu santo, la perseverancia continua en el cumplimiento de tu voluntad”. Este es mi deseo y mi mejor augurio para todos vosotros, en los comienzos del nuevo año de gracia que el Señor nos ha concedido.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Administrador Apostólico de Córdoba


(*) Nuestro agradecimiento a María Isabel Ríos Monje, de Sevilla,  por tener la gentileza de compartir con nosotras estos materiales tan valiosos.¡ Gracias desde el corazón !

5 de enero de 2010

CONTAGIOSA ALEGRÍA....

" Hijas mías, ¡ SED ALEGRES !"
( M´. Úrsula )

El video se hizo en la estación central del tren en Bélgica,
Sin ningún aviso a los pasajeros que transitaban por la estación.

A las 8:00 a.m., una grabación de Julie Andrews
cantando "Do, Re, Mi", comenzó a sonar en la megafonía central,
ante la sorpresa de los pasajeros, que poco a poco, tímidamente,
se fueron sumando a los 200 bailarines repartidos por todo el espacio...
¡ y todo esto fue creado con sólo dos ensayos !
y sí... la alegría ES CONTAGIOSA....




1 de enero de 2010

UN AÑO NUEVO CON CORAZÓN...

«¡Feliz Año Nuevo!».




¿Cuántas veces lo hemos dicho, y cuántas nos faltan aún por decirlo? En la Nochevieja habremos levantado una copa para brindar, desear y pedir que el año 2010 sea un año feliz; al menos mejor que el pasado.
Al echar un vistazo al año que se fue caemos en la cuenta de que se ha prolongado la lista de guerras, represalias, venganzas, catástrofes, corrupciones y fraudes, enfermedades, que hemos estropeado un poco más este planeta; cada cual tiene su propia colección de sufrimientos y oscuridades, fracasos y desengaños, de proyectos no realizados, de cosas que quisimos cambiar y siguieron tozudamente como siempre.



¿Pesimistas? ¿Cansados? ¿Derrotados? ¿O más bien esperanzados?
Algo bueno habremos pasado también. En algo habremos crecido, alguna meta habremos alcanzado, alguna buena noticia nos habrá alegrado el corazón, alguna amistad nueva habrá comenzado, alguna sorpresa agradable habremos vivido... Si sólo nos fijamos en las malas noticias... los éxitos, las bendiciones y las alegrías parecen pequeños y frágiles.


Ojalá hayamos sido capaces de reconocerlos y agradecerlos.

Desde su pequeñez, María supo alegrarse, agradecer y alabar a Dios por todas las obras que Dios estaba haciendo en ella, por ella, con ella.
Esos buenos y sinceros deseos que nos brotan al tener delante la primera hoja del calendario, ¿son sólo sueños, fantasías, frases hechas? ¿Realmente en este nuevo año vamos a ser más felices nosotros y los que caminan a nuestro lado?


Quizá nuestra salud nos dé algún sobresalto, o tal vez la de algún ser querido, que puede que sea peor. La fragilidad humana nos hace temer algún disgusto o decepción de los que más nos quieren. Es casi seguro que yo mismo falle a alguien y no sepa estar a la altura de las circunstancias, que sigan activos algunos enfrentamientos y conflictos personales, que se repetirán las mismas manías en mi forma de ser, que no pocos de los problemas pendientes del año que se fue se habrán distribuido ya por los días aún sin estrenar.
Entonces, ¿tienen sentido esos brindis, esperanzas, y buenos deseos y propósitos?

Este año apenas estrenado no será más feliz porque los acontecimientos nos resulten favorables, sino porque miramos y sentimos las cosas desde el corazón de una manera nueva y favorable. La felicidad no está fuera, en lo que pasa o nos pasa... sino dentro, en mí mismo. No está en la salud, la suerte, el éxito o la riqueza, sino en el modo de situamos ante ellas, en lo que hacemos con cada cosa que nos viene. La felicidad, la paz del corazón, la ilusión, el equilibrio, el estar bien no dependen fundamentalmente de los otros, de lo otro sino de mí mismo, de lo que yo hago con todo eso, de cómo me tomo las cosas.



Nos ha dicho el Evangelio:
«María conservaba todo esto, meditándolo en su corazón».
Re-cordaba (pasaba por el corazón) y meditaba todo lo que iba ocurriendo ante sus ojos, tratando de aprender, de comprender, de dejarse afectar por lo que les ocurría a los demás. Era una mujer de profundidad, de corazón.

El corazón no es un álbum de fotos, para repasar de cuando en cuando con nostalgia, o acaso con rabia, sino un lugar para discernir, para separar y clarificar lo que es manantial de vida y lo que nos llena de muerte, el mal y bien; es el lugar para buscar y profundizar en el significado de todas las cosas: no todo vale, ni vale lo mismo para la vida del hombre y la gloria de Dios.

Es el lugar para preguntamos qué hacer con lo que nos duele, lo que nos desconcierta, lo que no responde a lo que esperábamos, qué decisiones tomar para conservar la serenidad, la fidelidad a nuestros valores y compromisos, para cambiar lo que depende de nosotros, para no dejarnos apresar por los acontecimientos, para afirmar lo que es importante e irrenunciable, para no perder el rumbo.

En el corazón tiene puesta su residencia el mismo Dios que es amor; somos su templo. Nos lo dejó escrito san Agustín: Dios está conmigo en lo más profundo de mi propio corazón.

El rostro de Dios se reconoce ahora en el ser humano, nacido de Mujer, bajo la ley, para estar más a nuestro alcance, para que lo comprendamos mejor, para que lo sintamos cercano, y para que nos hagamos cercanos unos a otros; se esconde en lo más profundo del hombre para que allí lo descubramos. En mí mismo, y en «cada otro».
Dios no tiene más que mirarnos el corazón para saber cómo estamos, y se deja mirar y descubrir con los ojos del corazón, aunque a veces las señales de su presencia sean tan enormemente sencillas y cotidianas: como un niño pobre, envuelto entre pañales, y con los brazos de sus padres como única cuna y abrigo.


Cuando le miramos desde el silencio del corazón, como nos enseñó su Madre, sentimos que nos deja una presencia discreta que nos transforma y alegra, que nos anima, fortalece y pacifica.


Por eso quiero invitaros hoy a que este sea un «año de corazón».


¡Qué distinto será todo si empezamos a comunicarnos «con el corazón en la mano»!,
¡Si ponemos todo el corazón en las pequeñas y grandes cosas que hacemos!
¡Si dejamos que los gestos de aquellos que nos quieren nos «lleguen» al corazón!
¡Si abrimos el corazón a quienes necesitan entrar en él!
¡Si nos encontramos a solas con nosotros mismos en el fondo del corazón!
¡Si guardamos las cosas en el corazón, y las meditamos en compañía de Dios!
¡Si dejamos que la miseria y el dolor de los otros resuene y encuentre respuesta en nuestro interior!
Aquí es donde está el secreto de la felicidad, de la paz, del amor que llena y hace feliz!

Por eso más que un «feliz año» os quiero desear un corazón como el de María, la Mujer fuerte, la Madre de Dios, para vivir cada momento, un corazón en el que quepa y esté a gusto Dios, porque «si Dios está con nosotros, ¿quién podrá con nosotros?». Cuando el corazón humano se limpia de basuras, hierbajos y pedruscos siempre acaba apareciendo el Rostro de Dios sonriendo, iluminando, protegiendo, creando comunión, haciendo posible que fructifiquen la paz, la justicia, la rectitud, la alegría... Cuando el corazón humano está atento y «guarda las cosas en él», se hace dócil a los gestos de Dios: he aquí la esclava del Señor. Y esa docilidad se convierte en fecundidad, y bendición: bendito el fruto de tu vientre. Cuando el corazón humano se deja iluminar por el Espíritu, descubrimos que no estamos solos y podemos decir: ¡Abbá!, ¡Madre! ¡Hermanos!

Enrique Martínez de la Lama, cmf

Música para orar y compartir...


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