25 de diciembre de 2009

Mensaje de Navidad: Benedicto XVI recuerda a los países del mundo que padecen dolorosas heridas de guerra y conflictos y a toda familia humana, marcada por la crisis económica y moral




Viernes, 25 dic (RV).- Benedicto XVI ha reafirmado hoy de nuevo, en la Solemnidad de la Navidad, su preocupación, y la de toda la Iglesia, por Tierra Santa, invitando a sus habitantes a abandonar la violencia y la venganza, por Honduras, donde es necesario retomar el camino institucional, y por toda Latinoamérica con un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral.

En el tradicional mensaje de Navidad, Benedicto XVI ha tenido recuerdos especiales para muchos países del mundo que padecen dolorosas heridas de guerra y conflictos, y dirigiéndose a la toda familia humana, profundamente marcada por una grave crisis económica, pero también de carácter moral, ha ofrecido la sincera presencia de la Iglesia, cuya fuerza es el Niño de belén que hoy ha nacido. Porque “donde quiera que haya un nosotros que acoge el amor de Dios, allí resplandece la luz de Cristo, incluso en las situaciones más difíciles”. Como María, ha dicho el Papa, la Iglesia ofrece al Niño a cuantos lo buscan con corazón sincero, a los humildes de la tierra y a los afligidos, a las víctimas de la violencia, a todos los que desean ardientemente el bien de la paz.



El «nosotros» de la Iglesia vive donde nació Jesús, en Tierra Santa, para invitar a sus habitantes a que abandonen toda lógica de violencia y venganza, y se comprometan con renovado vigor y generosidad en el camino hacia una convivencia pacífica. El «nosotros» de la Iglesia está presente en los demás Países del Medio Oriente. ¿Cómo no pensar en la borrascosa situación en Irak y en el aquel pequeño rebaño de cristianos que vive en aquella Región. Sufre a veces violencias e injusticias, pero está siempre dispuesto a dar su propia contribución a la edificación de la convivencia civil, opuesta a la lógica del enfrentamiento y del rechazo de quien está al lado”.



Recuerdo especial del Papa también para Sri Lanka, península coreana y Filipinas, y sobre todo el apoyo para el continente africano, donde “la Iglesia no deja de elevar su voz a Dios para implorar el fin de todo abuso en la República Democrática del Congo; invita a los ciudadanos de Guinea y del Níger al respeto de los derechos de toda persona y al diálogo; pide a los de Madagascar que superen las divisiones internas y se acojan mutuamente; recuerda a todos que están llamados a la esperanza, a pesar de los dramas, las pruebas y las dificultades que los siguen afligiendo



“En Europa y en América septentrional, el «nosotros» de la Iglesia impulsa a superar la mentalidad egoísta y tecnicista, a promover el bien común y a respetar a los más débiles, comenzando por los que aún no han nacido. En Honduras, ayuda a retomar el camino institucional; en toda Latinoamérica, el «nosotros» de la Iglesia es factor de identidad, plenitud de verdad y caridad que no puede ser reemplazado por ninguna ideología, un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral, anuncio de justicia y hermandad, fuente de unidad”.

El Papa ha asegurado la solidaridad de la Iglesia con los afectados por las calamidades naturales y por la pobreza, también en las sociedades opulentas. “Ante el éxodo de quienes emigran de su tierra y a causa del hambre, la intolerancia o el deterioro ambiental se ven forzados a marchar lejos, - ha subrayado el Santo padre- la Iglesia es una presencia que llama a la acogida”.

“La Verdad, como el Amor, que ella contiene, se enciende allí donde la luz es acogida, difundiéndose después en círculos concéntricos, casi por contacto, en los corazones y en las mentes de los que, abriéndose libremente a su resplandor, se convierten a su vez en fuentes de luz. Es la historia de la Iglesia que comienza su camino en la gruta pobre de Belén, y a través de los siglos se convierte en Pueblo y fuente de luz para la humanidad. También hoy, por medio de quienes van al encuentro del Niño Jesús, Dios sigue encendiendo fuegos en la noche del mundo, para llamar a los hombres a que reconozcan en Él el «signo» de su presencia salvadora y liberadora, extendiendo el «nosotros» de los creyentes en Cristo a toda la humanidad”.



Tras el mensaje Benedicto XVI felicitó las navidades en 65 lenguas e impartió la bendición Urbi et Orbi. Escuchemos la felicitación del Santo Padre en español.






MENSAJE COMPLETO



Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero,
y a todos vosotros, hombres y mujeres a quien Dios ama

«Lux fulgebit hodie super nos,

quia natus est nobis Dominus.

Hoy brillará una luz sobre nosotros,

porque nos ha nacido el Señor»

(Misal Romano, Natividad del Señor,
Misa de la aurora, Antífona de entrada).

La liturgia de la Misa de la aurora nos ha recordado que la noche ya pasó, el día está avanzado; la luz que proviene de la gruta de Belén resplandece sobre nosotros.

Pero la Biblia y la Liturgia no nos hablan de la luz natural, sino de una luz diferente, especial, de algún modo proyectada y orientada hacia un «nosotros», el mismo «nosotros» por el que el Niño de Belén «ha nacido». Este «nosotros» es la Iglesia, la gran familia universal de los creyentes en Cristo, que han aguardado con esperanza el nuevo nacimiento del Salvador, y hoy celebran en el misterio la perenne actualidad de este acontecimiento.

Al principio, en torno al pesebre de Belén, ese «nosotros» era casi invisible a los ojos de los hombres. Como nos dice el Evangelio de san Lucas, incluía, además de a María y José, a unos pocos sencillos pastores, que llegaron a la gruta avisados por los Ángeles. La luz de la primera Navidad fue como un fuego encendido en la noche. Todo alrededor estaba oscuro, mientras en la gruta resplandecía la luz verdadera «que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9). Y, no obstante, todo sucede con sencillez y en lo escondido, según el estilo con el que Dios actúa en toda la historia de la salvación. Dios quiere ir poniendo focos de luz concretos, para dar luego claridad hasta el horizonte. La Verdad, como el Amor, que ella contiene, se enciende allí donde la luz es acogida, difundiéndose después en círculos concéntricos, casi por contacto, en los corazones y en las mentes de los que, abriéndose libremente a su resplandor, se convierten a su vez en fuentes de luz. Es la historia de la Iglesia que comienza su camino en la gruta pobre de Belén, y a través de los siglos se convierte en Pueblo y fuente de luz para la humanidad. También hoy, por medio de quienes van al encuentro del Niño Jesús, Dios sigue encendiendo fuegos en la noche del mundo, para llamar a los hombres a que reconozcan en Él el «signo» de su presencia salvadora y liberadora, extendiendo el «nosotros» de los creyentes en Cristo a toda la humanidad.



Dondequiera que haya un «nosotros» que acoge el amor de Dios, allí resplandece la luz de Cristo, incluso en las situaciones más difíciles. La Iglesia, como la Virgen María, ofrece al mundo a Jesús, el Hijo que ella misma ha recibido como un don, y que ha venido para liberar al hombre de la esclavitud del pecado. Como María, la Iglesia no tiene miedo, porque aquel Niño es su fuerza. Pero no se lo guarda para sí: lo ofrece a cuantos lo buscan con corazón sincero, a los humildes de la tierra y a los afligidos, a las víctimas de la violencia, a todos los que desean ardientemente el bien de la paz. También hoy, dirigiéndose a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica, pero antes de nada de carácter moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos, la Iglesia repite con los pastores, queriendo compartir y ser fiel al hombre: «Vamos derechos a Belén» (Lc 2,15), allí encontraremos nuestra esperanza.

El «nosotros» de la Iglesia vive donde nació Jesús, en Tierra Santa, para invitar a sus habitantes a que abandonen toda lógica de violencia y venganza, y se comprometan con renovado vigor y generosidad en el camino hacia una convivencia pacífica. El «nosotros» de la Iglesia está presente en los demás Países del Medio Oriente. ¿Cómo no pensar en la borrascosa situación en Irak y en el aquel pequeño rebaño de cristianos que vive en aquella Región. Sufre a veces violencias e injusticias, pero está siempre dispuesto a dar su propia contribución a la edificación de la convivencia civil, opuesta a la lógica del enfrentamiento y del rechazo de quien está al lado. El «nosotros» de la Iglesia está activo en Sri Lanka, en la Península coreana y en Filipinas, como también en otras tierras asiáticas, como fermento de reconciliación y de paz. En el continente africano, no cesa de elevar su voz a Dios para implorar el fin de todo abuso en la República Democrática del Congo; invita a los ciudadanos de Guinea y del Níger al respeto de los derechos de toda persona y al diálogo; pide a los de Madagascar que superen las divisiones internas y se acojan mutuamente; recuerda a todos que están llamados a la esperanza, a pesar de los dramas, las pruebas y las dificultades que los siguen afligiendo. En Europa y en América septentrional, el «nosotros» de la Iglesia impulsa a superar la mentalidad egoísta y tecnicista, a promover el bien común y a respetar a los más débiles, comenzando por los que aún no han nacido. En Honduras, ayuda a retomar el camino institucional; en toda Latinoamérica, el «nosotros» de la Iglesia es factor de identidad, plenitud de verdad y caridad que no puede ser reemplazado por ninguna ideología, un llamamiento al respeto de los derechos inalienables de cada persona y a su desarrollo integral, anuncio de justicia y hermandad, fuente de unidad.

Fiel al mandato de su Fundador, la Iglesia es solidaria con los afectados por las calamidades naturales y por la pobreza, también en las sociedades opulentas. Ante el éxodo de quienes emigran de su tierra y a causa del hambre, la intolerancia o el deterioro ambiental se ven forzados a marchar lejos, la Iglesia es una presencia que llama a la acogida. En una palabra, la Iglesia anuncia por doquier el Evangelio de Cristo, no obstante las persecuciones, las discriminaciones, los ataques y la indiferencia, a veces hostil, que más bien le permiten compartir la suerte de su Maestro y Señor.


Queridos hermanos y hermanas, qué gran don es formar parte de una comunión que es para todos. Es la comunión de la Santísima Trinidad, de cuyo corazón ha descendido al mundo el Enmanuel, Jesús, Dios-con-nosotros. Como los pastores de Belén, contemplemos embargados de maravilla y gratitud este misterio de amor y luz. Feliz Navidad a todos.



SS. Benedicto XVI

24 de diciembre de 2009

Nuestro deseo de PAZ





Que la Alegría de esta Noche Santa
anide en el corazón de nuestras comunidades y familias
y sea para el mundo
signo claro de la Presencia del “ Dios con nosotros “
Un fuerte abrazo y nuestro cariño fraterno

Comisión Internacional de Divulgación

18 de diciembre de 2009

Competencia Navideña

Competencia Navideña
Dolores Aleixandre (*)


Competencia es una palabra de moda y el último grito en el lenguaje educativo. La definen como: “la capacidad de responder a demandas complejas” y la traigo a colación porque cada vez me convenzo más de que nos lo jugamos todo en la “competencia básica” de irnos pareciendo algo a ese Dios de quien, si algo sabemos, es de su poderosa corriente de aproximación y cercanía. Esa que nos alcanza en Jesús y nos hace felicitarnos en Navidad porque Él nos contacta y nos roza, conecta con nosotros, se nos pega, se inscribe en nuestro censo como uno de tantos, se apellida “Hijo del hombre” en su DNI, se mezcla con nuestros sudores, olores y lágrimas, con nuestra saliva, barro, sangre y sueños.



Se presentó en sociedad expuesto e indefenso sobre un pesebre, sin protección de tapias, alambradas o alarmas, y por eso pudieron acercársele aquellos pastores que apestaban a cabra y a humo sin que se lo impidieran carteles como los que hoy los detendrían: “Propiedad privada”,” Recinto sagrado”, “Prohibido el paso”, “Perro peligroso”, “Avisamos grúa”.


Ser cristiano consistiría en tratar de coincidir con Dios en ese “instinto básico” de simpatía incondicional ante todo lo humano: “Ha aparecido la bondad de nuestro Dios y su filantropía… no por méritos nuestros sino por sola su misericordia.” (Ti 3,4). La filantropía evoca una predisposición “por defecto” de estar a favor de cualquier persona, más allá de sus desvaríos, aciertos, descalabros, heroísmos o mezquindades, con esa mirada de infinito respeto y reverencia que comunican por ejemplo las fotos de Sebastiao Salgado o Gervasio Sánchez .


Doy vueltas a todo esto desde una parada de autobús, y me sobresalta de pronto darme cuenta de que estoy emparedada entre dos anuncios: CK a mi derecha y D&G a mi izquierda. Al mirarlos, se me frena en seco la “simpatía incondicional” y me invaden sentimientos de extrañeza, distancia y “ajenidad”, algo que los antiguos llamaban xenosía (de xenos, extranjero). Miro a sus modelos en posturas inverosímiles, poseíd@s de su belleza, adust@s y hermétic@s, haciendo visible la infelicidad y la estupidez del mundo que representan, ése que, encerrado en su burbuja, se cree el culmen de la civilización mientras impera en él la barbarie de la indiferencia ante lo ajeno. Y me encuentro de pronto presa de la xenosía en vez de la filantropía y escapando de las noticias que me lo recuerdan: huyo para no enterarme de los sueldos de futbolistas y banqueros, de las sobornías y corrupcionosis de los políticos, de la alta cosmética, de los vampiros y los góticos, de la “Trilogía de culto”, de los avatares afectivos de la duquesa de Alba, de las pantallas de plasma, la nouvelle cuisine y la pasarela Cibeles. Y de vivir todo eso bajo las guirnaldas de las calles que alumbran a miles de ciudadanos en paro que ya no pueden pagar la factura de la luz.


Intuyo que voy por mal camino y me agarro como a un salvavidas a la escena del nacimiento, a ver si descubro el secreto de reunir lo aparentemente inconciliable: luz y noche, gloria e intemperie, ángeles y pastores, cielo y tierra, himnos y silencio, Mesías y pañales. Miro a los curritos de siempre desplazándose a merced de un gobernante (¿con túnica a medida regalada como pago de algo?), y al posadero colgando el “Completo” en su puerta, lo mismo que nosotros en nuestras fronteras. Y en medio de todo eso, el anuncio asombroso de que Dios está de nuestra parte, le caemos divinamente, está encantado ser vecino nuestro y da por supuesta nuestra capacidad de cambiar. Y pienso ahora que la verdadera “competencia navideña” es la que nos capacita para vivir a la vez la filantropía y la xenosía, el embeleso y la indignación, la canción y la crítica, el realismo y la esperanza.

Y como nos resulta tan difícil de adquirir, el Evangelio nos señala a la mujer que, en medio de la noche, daba vueltas en su corazón a lo que estaba pasando, reunía lo disperso y concertaba lo discordante (Lc 2,19).


Santa María, Experta en Competencia Navideña, ruega por nosotros.


(*) Publicado en ALANDAR

MARÍA DE LA ESPERANZA....

" Todo el bien que poseemos nos llega a través de María "
( M. Úrsula Benincasa )



Viernes de la Tercera Semana de Adviento...

Este día, según el calendario mozárabe, se celebra la gran fiesta en honor de la Virgen en estado de buena esperanza, la llamada Virgen de la “O”, título que recibe por las antífonas que se cantan en el rezo de Vísperas, hasta Navidad.


Es posible, desde la lectura del Evangelio que hoy se proclama, reflexionar sobre los momentos difíciles que pudieron transcurrir entre José y María, y que se resolvieron en el máximo respeto mutuo, en el obsequio de la fe recíproca.

El tronco de Jesé florecido, el vástago legítimo que salvará a Judá tiene su cumplimiento en Nazaret, en la casa del artesano José, esposo de una joven nazarena, que se llamaba María.

En la iconografía josefina, al esposo de María, se le representa con vara florecida, atributo de bendición, y en memoria de la profecía de Jeremías.

El gesto emblemático del carpintero, de llevarse a casa a su mujer, nos muestra la actitud adecuada para estos próximos días. Cada uno puede, de manera especial, hacer un lugar para las benditas personas de María y José, a la espera del nacimiento del Hijo de Dios.

Con frecuencia, cuando pasamos por situaciones difíciles, sentimos la tentación de pensar que estamos abandonados de la mano de Dios. Al ver a la mujer más amada por Dios, y a José, su esposo, con el sufrimiento de la duda, deberemos sentir alivio, al comprender que la prueba no significa desamor.

En momentos de intemperie, a la vista del comportamiento de María y de José, el silencio, la escucha interior, la paciencia y la espera confiada, son recomendaciones sabias.



En las pruebas,
¿dudas del amor de Dios?
¿Eres ligero en tus juicios?
¿Has descubierto la sabiduría del silencio?

Que María, Madre de la Esperanza
nos abra el corazón
a los misterios del Señor que viene.

por Ángel Moreno de Buenafuente



17 de diciembre de 2009






Música para orar y compartir...


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